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Amor de Invierno
 
Amor de Invierno

Mario Halley Mora



Amor de invierno


2003 - Reservados todos los derechos

Permitido el uso sin fines comerciales


Mario Halley Mora



Amor de invierno


Breve proemio
El arte de narrar es un arte inmemorial. Nació con el hombre y morirá con él. Se
mantiene como esa vocación innata de toda persona de referir sucesos reales o inventados
que logra el interés y la atención del oyente. Cuando el hombre inventó los signos que
representan el pensamiento trasmutando en palabras y los fijó, para darles permanencia, en
el metal, la piedra, el papiro y el papel, esas narraciones pudieron ser transmitidas a las
generaciones sucesivas, pues la perennidad de la letra suplía las fragilidades de la memoria.
Fue entonces cuando esa capacidad narrativa fue buscando cauces diferentes, entre las
cuales estaba el primigenio de la mera narración en sí, sin aditamentos, y otros en que tales
sucesos adquirían características diferentes, pues exigían ser representados por otras
personas con el objeto de darles mayor vivencia y emoción.

Este proceso indica que la poesía épica y la poesía dramática tienen un mismo origen,
así como también la lírica. En un tiempo llegaron a separarse totalmente, formando
compartimientos estancos, como si no tuviesen parentesco entre sí. Los grandes pontífices
de «las artes poéticas» así lo habían resuelto y la situación se mantuvo casi inmutable por
más de un milenio. Pero la creación no puede vivir entre lindes estrictos e inmutables. Los
rebasa y fluye en una forma tal que aquellos cauces aparentemente irreconciliables vuelven
a encontrarse y a entremezclarse y a reconocer su común origen que no es otro que la
creación humana. Y es así como actualmente ya no puede hablarse con propiedad ni
autoridad de géneros literarios estrictos y definitivos, sino sencillamente de comunicación
artística por el irremplazable medio de la palabra.

Valgan estos párrafos anteriores para detenernos en esta nueva obra de Mario Halley
Mora, cuyo título Amor de Invierno sintetiza adecuadamente su contenido. Sobre la base de
lo expuesto más arriba no podemos clasificar esta obra ni como novela corta, ni como
cuento largo, ni como ninguna otra especie literaria pues, de hacerlo, nos desdeciríamos y
nos convertiríamos en una suerte de entomólogos que con alfiler en ristre intentásemos
clavar la obra dentro del lugar correspondiente. Limitémonos a decir que en estas páginas
del conocido escritor el diálogo entre los personajes ocupa muchas de ellas, tal como si
fuera una obra de teatro, mientras que en otras, la narración en sí, sin perder su esencia de
tal, viene a desempeñar el papel de acotaciones al margen, para ilustrar mejor al lector. No
faltan tampoco los soliloquios que permiten adentrarse en el pensamiento de los personajes
con mucho mayor hondura que la que podría ofrecer el autor con procedimientos más
convencionales. Tales características contribuyen a dar a la obra una agilidad y una frescura
muy especiales y a, en cierta manera, paliar algunas aristas un tanto crueles de la acción en
sí; crueles, decimos, porque es «amor de invierno» el surgido entre seres que han traspuesto
holgadamente los umbrales de lo que hoy llamamos, con trasparente eufemismo, la tercera
edad, y un amor en tales circunstancias linda con lo patético y lo desesperanzado.

No queremos detenemos en el desarrollo de la obra, en donde se advierte sin dificultad
el oficio del autor tanto en los diálogos como en el juego de encontrar dos caracteres. Su
larga y fecunda trayectoria como dramaturgo y como narrador avalan con solvencia los
méritos de esta obra que se incorpora con luces propias a la extensa bibliografía de Mario
Halley Mora y a las letras paraguayas. Hemos preferido ocuparnos de sus acusados perfiles
formales que, a la vez de ser innovación, están encuadrados en una añeja tradición en el arte
de narrar.

José-Luis Aplleyard

Asunción, mayo de 1989




Capítulo I
El hombre viejo depositó unas flores ante una tumba, susurró un padrenuestro entre
dientes, extrajo un pañuelo del bolsillo y lustró cuidadosamente la litografía de su finada
esposa, que parecía mirarlo tristemente desde la pared del panteón. Cumplido el rito caminó
por la fúnebre avenida rumbo a la salida. Le llamó la atención una señora vieja que, frente a
una suntuosa tumba, hacía lo que no debía hacerse ante ninguna tumba, suntuosa o
humilde: maldecía.

-¿Puedo ayudarle en algo, señora?

-Sí, vaya y consiga con el Intendente una resolución que prohíba hacer caca en este
santo lugar.

-No me diga que usted...

-No la hice yo. ¡La pisé, señor mío!

Se había sentado y con infinito asco y esfuerzos musculares olvidados trataba de sacarse
el zapato mancillado por la humana miseria.

-¿Me permite...?

El señor viejo ayudó galantemente ala señora vieja a despejarse del zapato, y se puso a
limpiarlo cuidadosamente contra el césped que había invadido una losa olvidada.

-Es usted muy gentil, señor.

-Jamás paso de largo ante una dama en apuros -dijo el señor viejo-. Parece que el zapato
ya está limpio, aunque todavía huele.

-Gracias -dijo la señora vieja y se calzó el zapato.

El hombre viejo miró el retrato de un caballero de mirada dura tras los cristales del
sepulcro, y abajo una leyenda. Jamás te olvidaremos. Tu esposa e hijos.

-¿Su marido, si no es mucha curiosidad?

-No, es mi padre. El retrato de al lado es mi madre. Estoy casi sola.

-¿Viuda con hijos?

-No, soltera con un hijo. Soy lo que se dice una madre soltera. O, mejor, una abuela
soltera.

-No me cuente si le duele.

-¿Quién le dijo que me duele? Me hubiera dolido más ser soltera sin hijos. Y hubiera
llegado a ser una abuela sin nietos.

-Me gusta usted, señora. Toma la vida en solfa.

-Tomarla en serio es muy triste. Me entristece la tristeza. ¿Y usted? Permítame decirlo.
Luce usted elegante, y distinguido con esos cabellos blancos. Lástima que huele a caca.

-¡Lo que huele es su zapato, señora!

-No me contestó la pregunta. ¿Toma la vida en solfa?

-Hum... diría que no.

-¿Y qué espera? ¿Espera llegar a morirse con ese porte tieso y pacato?

-¡No espero morirme de ninguna manera!

-¿Ochenta años?

-Hum... setenta y nueve.

-Ya es hora de que piense en la muerte.

-¿Y usted piensa en la muerte?

-¡Sí, por eso tomo la vida en solfa! ¿Casado?

-Viudo.
-Con hijos.

-Con ex hijos.

-¿Cómo dice?

-Se fueron todos. Vivo solo. Bueno, es un decir. Hay una dama que...

-¡Ya, ya, ya, hombres, hombres, hombres!

-¡Tiene ochenta y cinco años, señora! Se supone que es la encargada de la limpieza y
darme los remedios a hora. No limpia nada y los remedios a la hora se los doy yo. Y no me
diga que la eche. Es reliquia de la familia.

-Y usted ¿vive sola?

-Con dos gatos y un perro. Los gatos se llaman Gorbachov y Lenin y el perro Bush. Es,
como tener un poquito el podrido mundo en casa.

A lo lejos se oye un trueno lejano y empieza a obscurecer.

-Bien aviada voy a estar si me mojo y me agarra la sinusitis. Buenas tardes, caballero.

-La acompaño. El hombre viejo y la mujer vieja caminan por la avenida central. Ella
pisa una baldosa floja y trastrabilla. El hombre viejo la sostiene gentilmente del brazo. Ya
no la suelta. En el gran portal una anciana increíblemente nariguda le ofrece un lirio -caído
de una corona- al señor viejo.

-¿Una flor para la señora?

El hombre viejo le da un billete y ofrece versallescamente la flor a la señora vieja. Ríen
a dúo.

-¡Nos tomó por marido y mujer! -dice ella. Luego lo mira de pies a cabeza y dice-: No
me hubiera casado jamás con usted.

-¿Y se puede saber por qué?

-Habrá sido un joven demasiado solemne.

-¿Cómo lo sabe?

-Porque es un viejo demasiado solemne. Yo detesto la solemnidad. Jesús, empieza a
llover.

-No se preocupe. Yo la llevo.
-¿Me lleva adónde?

-¡A su casa!

-¿Cómo?

-¡En mi coche!

-¡No me diga que usted maneja!

-¿Con quién cree que está tratando, con un paralítico?

-¿Pero maneja de veras?

-Señora, me siento al volante, arranco, ¡brrrummmm y empiezo a andar!

-¿Y cuál es su coche?

-Aquél.

-¿El negro?

-¡El mismo!

-Por todos los cielos... ¡es un armatoste!

-No ofenda, señora, no ofenda. ¡Es un Buick Dinaflower de ocho cilindros en línea
modelo 1949! ¡Es un Clásico!

-En 1949 yo era todavía suficientemente joven como para bailarla pachanga. Si ese
coche se fabricó cuando yo bailaba la pachanga, se está cayendo a pedazos.

-Pero anda. ¿Vamos?

Corriendo de la lluvia que empieza a arreciar, abordan el enorme automóvil negro. Ella
se encoge, como si tuviera frío, o miedo.

-Tranquila...

-Es que su coche es lo más parecido que he visto a una carroza fúnebre. Sólo faltan unos
candelabros.

-Muy amable de su parte.

El hombre viejo imprime velocidad al automóvil por la avenida Mariscal López. La
vieja señora se alarma:
-Oiga, señor mío. Yo ya pasé la edad de volverme loca por los tuercas. Así que más
despacito, por favor.

El hombre viejo aminora, maneja en silencio. Luego pregunta:

-¿Dónde la llevo?

-Vivo en General Santos y Pirizal. Dígame, ¿ese volante grandote es de fábrica o la puso
usted porque es corto de vista?

-¡Es de fábrica, señora!

-Si es corto de vista me bajo, ¡aunque me moje!

-¡Leo sin lentes, señora!

-¡Ay no, coquetería senil no, señor mío!

-¿Coquetería senil?

-Mire, se manifiesta en dos formas. Con la vista y con el sexo. «Todavía leo sin lentes»
es una forma. Presumir de bajar calzones, otra.

-Bueno, yo, por lo menos, leo sin lentes. Así que soy sólo medio coqueto. ¿Cuál es la
calle Pirizal?

-En la siguiente esquina. La de portones de hierro.

El hombre viejo detiene el coche.

-Bonita casa.

-Me la regaló mi hijo. Le agradezco mucho, señor...

-Me llamo Miguel.

-Yo, Sara. Visítame alguna vez.

-¿En serio?

-¿Qué le pasa? ¿Les tiene alergia a los gatos?

-Es que la idea me atrae. Siento un poquito el peso de la soledad. Mis amigos más viejos
ya chochean y con los más jóvenes no tenemos los mismos recuerdos. Conclusión, la voy a
visitar.
-Si viene para tomar el té traiga masitas, y si viene a la hora del aperitivo traiga su
botella.

-¡Me rindo ante su hospitalidad!

-Así soy. Adiós, Miguel. Cuídese, aunque supongo que con ese armatoste no hay peligro
en los raudales.

Miguel, 79 años confesados, ochenta reales, sonríe y parte. Sara, que en 1949 era aún lo
suficientemente joven para bailar la pachanga, entra en su casa con un andar de pato
apresurado. La lluvia cae intensa y hay en el ambiente un penetrante olor de tierra mojada.




Capítulo II
Durante la noche la lluvia sigue cayendo. Pero ya no es tormentosa, sino mansa. Se oye
el correr musical del agua en las canaletas y un concierto de goteos. Don Miguel ha cenado
su bife a la plancha con papas, se ha vestido su fresco pijama y apoltronado en su mullido
sillón, a la luz de un velador, lee El Erial, de Constancio C. Vigil. Lo ha leído de muchacho,
de adulto, y en la ancianidad vuelve a leerlo. Arrastrando los pies, se acerca a él la anciana
ama de casa, que trae un vaso y una pastilla roja en un platillo.

-Su pastilla de las nueve, Miguelito.

Tiene derecho a llamarlo Miguelito porque así lo llamó de niño, cuando vino de criada-
niña y le dedicaron a cuidar al niño.

-No es mi pastilla de las nueve, Marcelina, sino tu pastilla de las 10.

-Jesús... es que no encuentro mis lentes.

-Los tienes puestos, Marcelina.

-Últimamente ando algo distraída.

Y se marcha a cambiar la pastilla, murmurando que «debo cambiar de lentes, o dejar de
ver la televisión».

Don Miguel prosigue su lectura. No lee, repasa lo ya sabido de memoria, como un
hombre fatigado de andar el mismo sendero y sin ánimo de buscar uno nuevo.

-Además -dice para sí-, si leer es como remar por un río torrentoso, El Erial es un
remanso donde echarle el anzuelo a los recuerdos. Marcelina vuelve con un vaso de leche
tibia.

-¿Y la pastilla, Marcelina?
-¿Qué pastilla?

Paciente, don Miguel se toma la leche y devuelve el vaso. Marcelina se marcha con
prisa, con toda la prisa que permite sus ochenta y cinco años porque está a punto de
empezar Diana Salazar.

Don Miguel cierra los ojos. Recuerda la aventura del cementerio, y a la anciana Sara.

-Pintoresca, la señora.

Le resulta nuevo eso de tomar la vida en solfa, de ser anciana y ponerse a bailar al borde
de la propia fosa. Tomarle el pelo al mundo con sus dos gatos y su perro, emitiendo por los
poros una vitalidad cínica, inextinguible.

-Me llamó solemne, tieso y pacato... ¿Lo soy? Posiblemente. Tomo a la vida demasiado
en serio y a mi mismo también demasiado en serio. Me pregunto si no es una tontería,
ahora que los años se acaban. Quizás los años desgastan la capacidad de la alegría, y nos la
reemplaza por la chochez, porque ocurre que estoy hablando solo.

Se levanta, marca cuidadosamente la página del libro que no leyó y se encamina a la
amplia cama, donde se siente demasiado pequeño desde que su esposa murió y dejó de
compartirla. El cristal de la ventana está empañado. La lluvia ha cesado, pero se oye el
goteo de los árboles del patio escurriendo agua. Cierra los ojos y trata de dormir, como
todas las noches, sabiendo que solo conseguirá llegar al portal donde la vigilia termina pero
no empieza el sueño, o es un sueño tan leve y transparente que las cosas siguen siendo,
enfundadas en un velo de alejada realidad.

Allá en la otra casa, Sara, 78 años reales, vestida con un inmenso camisón de franela
acaba de sacar afuera a Gorbachov y Lenin, que maúllan resistiéndose a salir a la noche
mojada. Bush simula dormir con el hocico entre las patas, pero tiene un ojo abierto, a la
espera temerosa de que también sea expulsado de la calidez de su trozo preferido de piel de
oveja. Sara no lo ve y se marcha a su dormitorio, y Bush, con un suspiro de satisfacción,
empieza a dormir de veras. Sara apaga las luces y se acuesta. Afuera todavía hay un rumor
de humedades vivas, pero las gotas de la brecha del techo siguen cayendo en la palangana,
produciendo un ruido musical, rítmico, que Sara adapta a una melodía vieja como el tiempo
ido.

Sonríe en la oscuridad pensando en el encuentro del cementerio. Hace cuentas de que
hace semanas que no habla con nadie, porque no tiene con quién hablar, salvo con
Gorbachov, Lenin y Bush, y su hijo, en ese orden, porque el más verboso diálogo con Raúl,
su vástago, fue el mes pasado.

-¿Necesitas algo, mamá?

-No, hijo, no me falta nada.
-¿Fuiste al médico?

-Fui.

-Bueno, mamá, me voy, tengo algo que hacer -dice, mirando su reloj pulsera. Y se va.

Pero el viejo... ¿cómo se llamaba? Ah sí, Miguel, era más apto para la conversación.
Parecía tener también sed de palabras. Y fue amable.

Y dijo que la visitaría, sin ofenderse por lo de las masitas y la botella.

-Es bueno tener un amigo -susurró en la oscuridad- anque fuera para sentirse viva...
¿Cómo se decía?, sí, comunicada. Extraña palabra que no sé por qué me suena a víspera de
Nochebuena, como una espera que terminará en algo agradable.

Afuera, se oye un maullido urgente, como una llamada de amor.

-Es Gorbachov, el más galante de los dos.

Y se durmió.

En la noche, el cielo se ha aclarado. La luna, como un letrero luminoso, se enciende y
apaga al paso de las nubes veloces. La tierra mojada se despereza con la lujuria de una
mujer que acaba de ser poseída. Don Miguel transita en la línea del sueño y la vigilia. Sara
oye en sueños el goteo metálico del techo, y le parece escuchar la melodía de «Isla de
Capri».




Capítulo III
Se siente un poco ridículo cuando se acerca al mostrador de la confitería. ¿Cuántas
masitas debe comprar? ¿Un kilo? ¿Cuántas masitas hay en un kilo? Deben ser muchas, pero
mejor pecar por exceso que por carencia. Además, si sobraban masitas, estaban los gatos y
el perro. Decide comprar un kilo de masitas.

-¿Surtidas? -pregunta la vendedora.

-¿Cómo dice?

-Si las quiere surtidas, un poquito de cada una.

-Surtidas.

-¿Las pongo también con crema?

-¿Van bien con el té?
-Pienso que sí.

-Está bien.

Se sienta al volante. Arranca. General Santos y Pirizal. El motor de ocho cilindros en
línea, su último orgullo viril, zumba con suavidad. La trompa, como la proa de un
trasatlántico oscila con suavidad y se abre paso por la avenida. Aquí está, General Santos y
Pirizal. Mientras busca el timbre, tiene el ojo alerta al perrazo peludo, un mosaico de razas
mezcladas que estaba dormitando al otro lado del portón de hierro, que después de todo,
tiene la mirada amistosa de un perro que no quiere conflictos. No encuentra timbre alguno y
bate palmas. El perro ladra, pero en dirección a la casa, como enseñado a anunciar visitas.
Se abre la ventana, pero solamente una brecha que da lugar a media nariz y un ojo.

-¿Usted?

-Yo -le dice don Miguel y exhibe el paquete de masitas, que se ha puesto un poco
grasiento.

-¿Por qué no avisó?

-Porque no encontré su teléfono en la guía. Como no sabía su apellido me pasé buscando
todas las Saras de la A hasta la Zeta.

-No tengo teléfono. Bueno, tengo que ponerme algo decente. Mientras tanto vaya al
coreano y compre algo de té instantáneo.

-¿También la leche?

-No tomo leche.

-Y a mí me da flatulencias. Será entonces sin leche.

Camina hacia la despensa, mientras Sara se despoja del astroso batón y viste un vestido
azul. A último momento decide ponerse el grueso collar de coral que, dicen que, perteneció
a su abuela. Se mira al espejo.

-Parezco la bandera paraguaya -dice, pero lo deja así.

Más tarde, el kilo de masitas ha desaparecido con la ayuda de los dos gatos. Lenin
parece haberle tomado cariño al visitante y no cesa de ronronear y frotarse contra sus
piernas. Gorbachov es menos sociable.

-¿Estuvo bueno el té?

-Preparado a punto, Sara. Y fue toda una experiencia tomar té en un vaso.
-Es que sólo me queda una taza de un juego de doce. Bueno, ¿y ahora qué hacemos?

-¿Eso que está ahí es un tocadiscos?

-Sí, es un tocadiscos, aunque parece un ropero. Me lo regaló el papá de mi hijo, en el
aniversario de lo que hicimos sin el santo sacramento. Es Telefunken, si quiere saber.

-¿Funciona?

-No. Un día se quedó mudo y mudo quedó. Llamé a un técnico, miró adentro y me
recomendó que lo transformara en una cómoda. Me apenó mucho, porque la música me
acompañaba. Tengo un montó de discos. Deben estar por ahí.

-¿Le gusta la música, Sara?

-Me encanta -respondió Sara y se puso a cantar: «Como no hay mar sin orillas, como no
nubes sin cielo, como no hay día sin sol, no hay amor para mí sin tu amor...».

-Tiene una buena voz.

-¡Adulón!

-En serio. Yo también cantaba en mi juventud.

-¡No creo!

-¿Y por qué no?

-Ya le dije. Habrá sido un joven muy solemne.

-¡Cantaba!

-¿Qué?

Don Miguel carraspeó y cantó:

«Háblame de amores, Marión...
Dime que me quieres, Marión...»

Caramba, ya no recuerdo el resto.

Sara empezó a tararear la melodía de «Marión», y él le hizo dúo, vigilándose
mutuamente para pescar una nota equivocada, pero llegando triunfalmente juntos a la
última. Sara reía a carcajadas.

-¡Hace tanto tiempo que no me divierto!
-¡Yo también!

-¿No tiene otro traje?

-¿Qué?

-¡Usa el mismo traje negro para ir al cementerio y para venir a tomar el té con una
dama!

-Bueno, en verdad... no he visto la necesidad.

-¿No sabe que el negro deprime?

-¿De verdad?

-Es como ponerse de luto por sí mismo.

-Eso suena muy fúnebre.

-¡Su aspecto es fúnebre! ¿No tiene dinero para hacerse un traje un poco más optimista?

-El dinero no es problema. Tengo una renta que...

-Entonces mándese hacer un traje decente, y guarde esa funda de piano para ir a los
velorios. ¡Incluso para el suyo!

-Ahora la fúnebre es usted.

-Los muertos se ven mejor de negro.

-Los muertos se ven muertos -respondió irritado don Miguel-. ¡Ni mejor ni peor!

-No se enoje. Le pido perdón. Que vuelva la alegría -dijo Sara, y se levantó de su
asiento, cantó un vals y se puso a danzar.

-En la inmensidad de las olas flotando te vi...

-Y al irte a salvar, por tu vida mi vida perdí... -respondió él, y se levantó a tomarla de la
cintura.

Cantaron a dúo y danzaron el viejo vals, hasta que el momento mágico fue interrumpido
por Bush que trataba de morderlos pantalones a ese sujeto que parecía estar maltratando a
su querida ama. Fatigados, se sentaron de nuevo.

-Juventino Rosas -dijo él.

-¿Quién?
-Juventino Rosas es el músico mejicano que compuso ese vals.

-¡Jesús! Qué ignorante, ¡es de Strauss!

-¡Juventino Rosas!

-¡Es de Strauss! ¡Todos los valses son de Strauss!

-¡Qué loca!

-¡No te permito que me llames loca!

Don Miguel soltó una carcajada.

-¿De qué diablos te ríes?

-¡Me está usted tuteando!

-Ay, perdón, ¡me olvidé del debido respeto al Conde Drácula!

-Eso no es chistoso -fabulló don Miguel irritado.

-¡Es por el traje negro!

-¡Otra vez! Ya te dije que...

-Ahora me tuteaste vos, sin pedirme permiso.

-¡Vos empezaste!

Sara lo miró con un brillo de simpatía en los ojos.

-Y me gustaría que sigamos así -dijo.

-De acuerdo. Pero si yo digo que es de Juventino Rosas, es de Juventino Rosas.

-Está bien, es de Juventino Rosas.

-Lo dices sin convicción.

-Es que no tengo mucha cultura. Cometí en mi vida más errores que aciertos.

-Háblame de vos. De aquellos tiempos de «háblame de amores, Marión».

-Ya lo dijiste. Fui una loca. Me enamoré de un hombre que sabía que era casado, pero le
hice creer que no sabía que era casado, y él creía que no sabía que era casado. Y entretanto
me hizo un hijo. Cuando mi embarazo fue evidente, mis padres me echaron de casa. Fui a
un convento donde una prima era superiora. Allí tuve mi bebé. Un día mi prima tomó en
brazos el bebé y se plantó en casa. ¡Aquí está su nieto! le dijo a mis padres. Los viejos
quedaron chochos y quisieron criar al bebé, pero mi prima les dijo: «El bebé viene con la
madre o no viene». Volví a casa, donde viví una castidad ocasionalmente interrumpida. Le
quedé eternamente agradecida a mi prima, y ella quedó eternamente agradecida de mí.

-¿Tenía algo que agradecerte?

-¡Le enseñé cómo se provoca un orgasmo!

-¡Jesús! ¡En un convento!

-Un orgasmo es un orgasmo en una catedral o en un quilombo, ¿no?

-Me gustaría que no fueras tan grosera. Si tu prima estaba destinada a Dios...

-¡Entonces hubiera sido más precavido, haciéndola nacer sin útero ni ovario!

-¿Y después?

-¿Después de qué?

-Del hijo y la castidad con tropezones.

-Bueno, cuando mi hijo entró en la adolescencia y ya podía imaginar qué hacía mamá
cuando salía con un caballero, cambié. Para siempre, pero entretanto me había divertido
razonablemente. Y ahora soy razonablemente feliz. Ahora háblame de vos.

-Amé mucho a mi esposa.

-Qué lindo.

-Cuando murió, quise morirme yo también.

-Suele suceder, pero se sobrevive.

-Pero ya nada es igual.

-¿Cuántos años tenías?

-¿Cuándo ella murió? 41

-¿Por qué no te casaste otra vez?

-Preferí probar un poco de todo. Una vez mi hija mayor descubrió que tenía una amante,
y me lo reprochó. La tranquilicé. No era una amante. Era una pájara.
-¿Pájara?

-Aves de paso en mi vida sexual. Se tranquilizó un poco. Odiaba la idea de que alguien
reemplazara a su mamá. Los reemplazos de ocasión no le molestaron mucho.

-¿Y hasta cuándo fuiste así?

-Todos los hombres recordamos la primera vez, pero no recordamos la última.

-También las mujeres.

Sara rió inesperadamente.

-Qué raro -dijo.

-¿Qué es lo raro?

-Somos dos viejos y no hablamos de nuestros achaques.

-¿No es lo acostumbrado?

-¿Tienes achaques? -preguntó don Miguel.

-Salvo mi sinusitis, no sé.

-¿No vas al médico?

-Mi hijo me da el dinero para el médico pero yo voy al cine o tomar té en la confitería.
Les tengo pavor a los médicos. Veo uno y ya me duelen todos los huesos.

-Yo no ando bien de la próstata. El médico me dijo que hay que extirpar, pero me
advirtió que a mi edad puedo quedar tieso con la anestesia. Así que cuando muera voy a ser
un cadáver con próstata.

-Ya nos estamos poniendo fúnebres de nuevo.

-Entonces es mejor que me vaya, Sara. Hace años que...

-¿Que qué...?

-No sé cómo expresarlo... digamos que hace años que no me sentía tan intensamente yo.

-Suena a piropo.

-Entonces suena cincuenta años tarde.
-¿No pueden decirse piropos entre amigos?

-Pienso que sí.

-Entonces gracias por el cumplido.

Él se levanta. Lenin arrecia con su frotación y su ronroneo.

-¡Basta, Lenin! -manda ella.

-Déjalo, me gustan los animales.

-Te vas con los pantalones llenos de pelos de gato. ¿Volverás?

-Cuando quieras.

-¿El miércoles?

-¿Traigo masitas?

-No hará falta.

Él la besa en la mejilla, con un leve esbozo de beso.

-Hasta el miércoles.

-Adiós.

La ventana del dormitorio de don Miguel da al gran patio en sombras. Están abiertas por
el calor y junto con una tenue brisa penetra un olor de guayaba madura, como tomado de la
mano con los efluvios de las limas de Persia que se pudren al pie del árbol. El aguaí espeso
y sombrío suelta su ronda de murciélagos, y la fronda del aguacate da paso a trozos de luz
de luna que ilumina la hojarasca caída, verdosa, luminiscente. Don Miguel no duerme,
escucha y huele el silencio. No tiene deseos de dormir, porque ha descubierto algo nuevo.
Que estuvo viviendo en soledad, y que la soledad acaba de romperse con un inesperado
ruido de cristales rotos.

-Dentro de la soledad no se tiene conciencia de que existe -reflexiona- ni que nos asfixia
y nos enmudece. Hay que salir de la soledad para comprenderla en su vaciedad majestuosa.
Esa mujer, Sara, Sara, Sara, mi amiga. Tipa loca, madre amante, superior a sus instintos,
vieja de alma adolescente, ha prendido fuego a una mecha y esta soledad está explotando.
Mañana subiré a los pisos altos vacíos y abriré todas las ventanas y sacudiré todos los
polvos y repondré todas las bombillas quemadas. No le voy a dar a la soledad un solo
rincón obscuro donde se sienta a empollar nuevas soledades. Ah, y desde luego, iré a ver si
Ruiz Díaz todavía vive, para que me haga un traje.

Intenta arrancar un pedazo inmaduro de sueño, pero sus oídos oyen un chirrido extraño.
Se levanta, viene de la habitación de Marcelina, que se ha dormido sin apagar el televisor
cuya pantalla muestra una danza de partículas. Apaga el televisor, arropa a la anciana y
vuelve a acostarse. Duerme profundamente después de mucho tiempo.

A mucha distancia, y a la misma hora, sucede lo contrario. Sara no puede dormir. Se
siente inquieta, adivinando que tiene algo que reprocharse, sin saber qué. Está tan despierta
que escucha los gritos de los coreanos que en el piso alto de enfrente juegan a las cartas, o a
lo que sea que jueguen 20 coreanos apiñados en un espacio de cuatro a cuatro.

-Algo que reprocharme... ¿qué? -se pregunta-. Le hostigué con su traje negro; le
escandalicé con el descubrimiento de que las monjas tienen clítoris. ¿Acaso no lo tienen?
Quizás se fue pensando que fui una inmoral, fornicando con un casado y pariendo en un
convento. Pero... ¿me reprocho yo o me reprocha él? No, Miguel. Miguel, lindo nombre, es
un hombre de mundo, y sincero, hasta con su próstata. ¿Qué me inquieta? ¿Se me está
metiendo entre las piernas las avispitas del sexo? ¡Jesús, qué ridículo! ¡Y grotesco! Además
el pobre Miguel debe tener el pene arrugado como una uva pasa. No, definitivamente no.
¿Pero qué demonios es este escozor del alma? ¿Si fuera ese trozo de juventud que no viví y
ha despertado en este cuerpo viejo y rechoncho? ¡No vuelvas, juventud perdida! Ya no hay
alas para que vueles ni venas abiertas para que se precipiten los torrentes de sangre
impetuosa. Déjame dormir, juventud perdida. Déjame dormir.

Pero no consigue dormir hasta muy tarde, y tiene pesadillas. Se ve a sí misma, joven y
desmelenada, tratando de encontrar la salida de un laberinto, inútilmente.

Allá arriba, los coreanos se han dormido sobre sus esteras. Gorbachov maúlla en el
tejado y Lenin duerme calentándose los pies. Bush duerme profundamente, y gruñe y
patalea soñando que persigue un conejo.




Capítulo IV
-Buen día, mamá.

-Buen día, hijo. Hoy llegas temprano. ¿Qué me miras?

-¿Es eso... colorete?

-Se dice maquillaje. Sí, señor. Me puse maquillaje.

-¿Y para qué?

-¿Necesitas ser tan ofensivo?

-¿Ofensivo, yo?
-Soy mujer, ¿recuerdas?

-Pues sí.

-Y tengo derecho a ponerme lo que se me antoje en la cara.

-Pero... a tu edad, mamá.

-Precisamente por eso, para ponerle una valla a la edad y que no me pase por encima.

-Aclaremos, mamá. No estoy enojado, sino curioso. ¿Cuál es el fin del maquillaje en la
mujer?

-No soy filósofa, hijo.

-El fin es... digamos, apoyar a la coquetería, para llegar a otro fin: la seducción. O dicho
sea más simplemente, mamá: la mujer se embellece no para las mujeres, sino para los
hombres.

-¡Gracias, hijo, por algo te recibiste de abogado con medalla de oro!

-¿Me das las gracias, por qué?

-Porque yo no sabía por qué me estaba maquillando. Ahora lo sé.

-A ver cuéntame eso.

-Jamás. Es un secreto. Bueno, no tanto, puedo compartirlo contigo, pero nada de
contárselo a la pacata de tu mujer. Tengo un amigo.

-¡Mamá!

-¿Qué pasa? ¿Hay un terremoto?

-¿Cómo quieres que me sienta? ¡Me disparas en la cara que tienes un amigo! ¡A tu edad!
Supongo que será un hombre mucho más joven que vos.

-Es un caballero tres años mayor que yo, o cuatro. No sé. Que sufre de la próstata, con lo
que queda asegurado el ciento por ciento lo platónico de una relación. ¡Es un amigo, no un
amante, como pasó por esa sucia cabeza de abogado!

-No te enojes, mamá.

-No me cae bien ser considerada un trasto viejo. ¡Soy un ser humano! Dio la casualidad
de que tropecé con una persona amable... y ¡tan solitaria como yo!

Ha empezado a hacer pucheros.
-Mamá, no te me pongas a llorar.

-¡Soy un ser humano! -exclama Sara.

Raúl se enternece, el extremo de un hilillo de comprensión se aferra a su corazón.
Abraza a su madre.

-Mamá, comprendo perfectamente. Mi viciosa mente me suscitó algo monstruoso y
grotesco. Te pido perdón. Sí, mamá, sos un ser humano. Solitario. Y tropezaste con un
anciano solitario también. Sólo pido a Dios que sea un caballero y su amistad te haga feliz -
ríe y continúa-, quizás la alianza de dos soledades sea la enemiga más letal de la tristeza.

-Ahora sí que te mereces la medalla de oro.

-¿No necesitas nada?

Ella piensa que es decoroso que sea ella quien compre las masitas.

-Tengo unas recetas del médico que...

-¿Te alcanza 30000?

-Es mucho.

-No importa -dice el hijo, y entrega el dinero a la madre.

-Gracias, hijo.

-Te visitaremos con los nietos el domingo...

-¡No, por favor! Prefiero visitarlos yo, en cuanto pueda. La última vez que los diablillos
vinieron Lenin desapareció por tres días.

-Está bien, mamá. Y... de paso... ese tonito azul sobre los párpados te queda muy bien.

-Gracias, hijo, gracias.




Capítulo V
-Buenos días, ¿está el señor Ruiz Díaz?

-Yo soy el señor Ruiz Díaz.

-Me refiero al sastre.
-Yo soy el sastre.

-Claro, el hijo de Ruiz Díaz. Quisiera hablar con su papá.

-Me parece difícil, hace diez años fue al cielo.

-¡Caramba! Mis pésames, aunque diez años tarde.

-Gracias... ¿en qué le puedo servir?

-Supongo que heredó la mano de Ruiz Díaz.

-Heredé su oficio. ¿Necesita un traje?

-Ésa es la idea. Un traje adecuado.

-¿Adecuado a su edad, dice?

-Bueno, ahí está el problema. Un traje adecuado a mi edad pero que no me haga
aparecer tan viejo. O tan solemne.

-¿Y en qué piensa?

-Desde luego, algo obscurito, pero no tanto.

-Digamos, un azul claro.

-Me parece bien. Este... con un toquecito juvenil, digamos.

-¡Tajitos a los costados!

-¡Eso! y sin chaleco.

-Entonces, nada de saco cruzado. Recto y con dos botones. Quedará bien, señor.

-¿Saco recto? Sí, pero no muy ajustado, por la pancita.

-Entonces le haré los pantalones con pinzas, un poquito anchos.

-¡No! No me gustan esos pantalones modernos que parecen dos fundas de almohadas.

-Entonces un poquito estrechos.

El señor Ruiz Díaz hijo procede a tomar las medidas a don Miguel. Termina de tomarlas
y anotarlas, y ofrece un muestrario de telas. El acuerdo es rápido sobre un casimir azul
liviano.
-¿Cuánto tiempo le llevará?

-Digamos ocho días, y ya que estamos, señor...

-Llámeme Miguel, como su padre lo hacía. ¿Me decía?

-¿No piensa en un traje deportivo?

-¿Por qué lo dice?

-Por la intención que muestra de ser más... o menos anciano.

-¿Y qué hay con el traje deportivo?

-¡Siempre da un aire de juventud!

-¡No pretendo tener aire de juventud, jovencito!

-Está bien, sólo era una sugerencia. Si viniera dentro de dos días para una prueba, don
Miguel...

-Bien, dentro de dos días a esta misma hora.

-Sí, señor.

-Hasta entonces.

Don Miguel empieza a marcharse. En el portal se detiene. Se vuelve a Ruiz Díaz, hijo, y
le dice:

-Podría ser un traje deportivo que no parezca juvenil pero que me haga menos viejo.

-Buena idea, don Miguel.

-¿Qué me sugiere?

-Como el invierno está cerca, podría ser un traje ambo. Franela, saco azul con botones
dorados y pantalón gris.

-Botones dorados no. Solamente botones. Me parece bien. Elija usted la tela.

-Con el mayor gusto. Pero... ¿me permite?

-¿Sí?

-Debe comprarse zapatos.
-¿Y qué tienen de malo mis zapatos?

-Que ningún traje deportivo va bien con zapatos de punta ancha y cordones. Va mejor
con unos mocasines.

-¡Mocasines! ¡No me diga que combinados marrón y blanco! ¡Le voy a parecer a Fred
Astaire!

-No, mocasines negros, simplemente.

-Lo pensaré.

Se marcha malhumorado murmurando ¡mocasines, vaya!, mientras Ruiz Díaz hijo
empieza a elegir las combinaciones para el traje ambo.




Capítulo VI
Aquella mañana, miércoles, al despertarse, Sara se levantó y se miró al espejo. Lo que
vio no le gustó nada. ¿Adónde fue mi nariz perfecta, Señor mío? Se volvió bulbosa y tiene
un color de rábanos. Bolsas bajo los ojos. Y qué secos mis cabellos, salta una chispa y se
encienden como paja. Jesús, mi boca. ¿Por qué las bocas se apuntan hacia abajo con los
años? Antes no era así. No recuerdo quién me dijo una vez en la cama que tenía una boca
de Monalisa. Ahora es como si tuviera adentro un horrible caramelo para la tos. Creo que
una visita al salón de belleza no me hará mal.

Se vistió y fue el salón de belleza. Una esbelta y resplandeciente muchacha la atendió, la
sentó en el sillón y preguntó:

-¿Algo especial, señora?

-Sí, hágame parecer un ser humano.

La muchacha la miró críticamente. «Me mira con asco», pensó Sara.

-Empecemos por el cabello, señora. Los tiene naturalmente blancos. Y muy abundantes.
Quizás un tinte levemente azulado...

-¡No quiero tener la cabeza azul! Déjela blanca. Pero me devuelve cada pelo a su sitio.

La chica empezó su tarea. El cabello blanco resplandeció y recobró suaves
ondulaciones. Las cejas algo pilosas fueron ordenadas y adquirieron una suave curva. Por
su viejo rostro se untaron cremas, anticremas hormonales, suavizadores de algas marinas,
aceites de jojoba, unturas para extraer antiguas grasas de los poros abiertos, con una
parafernalia de golpecitos reductores de papadas... y el trazo sabio de un fino pincel que...
-¿Para qué es eso?

-Tiene usted unos interesantes ojos rasgados, señora. Vamos a acentuar un poquito. Un
toque oriental siempre resulta interesante.

Y una tenue línea negro-azulada corría desde la comisura de los ojos hacia la sien.

-¡Para eso!

-¿Cómo dice, señora?

-¡No vine aquí con la intención de disfrazarme de Cleopatra! Hace que mis ojos
parezcan a los de Lenin.

-¿Lenin?

-¡Mi gato!

-Ésa es la idea, señora. No hay nada más atractivo en una mujer que una mirada felina.

-Yo no soy una mujer, soy una vieja que sólo quiere aparecer una vieja que cuida su
aspecto.

Con desconsuelo, la experta borró los rastros de su arte y propuso:

-Entonces, aprovechemos esos ojos azules y vamos a acentuar su brillo. Digamos con un
poquitín de oscuro en los párpados.

-¿Brillo en los ojos? No está mal. Me gusta.

Los ojos azules realmente parecieron brillar más, como una estrella en un cielo en
sombras. Un delineador manejado con absoluta pericia remodeló la línea de los labios y
volvieron a tener su tenue sonrisa pulposa de la Monalisa juvenil, cuando el rouge completó
la obra. La mejilla y el mentón parecieron adquirir firmeza de carne joven, y las arrugas del
cuello desaparecieron bajo una fina capa cremosa, sutil. Por fin, la bella joven terminó
aquella esforzada reconstrucción facial, y dijo «ya está» con aire casi triunfal. Sara se miró
al espejo.

-Sigo siendo yo -dijo.

Notó el desconsuelo de la joven.

-Pero un yo menos yo que cuando entré -concedió-. Hizo usted un buen trabajo, niña.

La chica sonrió con satisfacción.
-¿Va a una fiesta, señora?

-No. ¿Por qué la pregunta?

-Porque la preocupación por su aspecto parece cosa nueva.

-Quiere decir que cuando entré era una ruina.

-No es exactamente lo que pensé. Pensé en algo así como asistir a los 15 años de una
nieta.

-Nada de eso. Es que hoy tengo una cita.

-¡Ah!

-¿Qué quiere decir con «ah»? Claro, le debe parecer ridículo que una vieja se ponga
presentable para una cita. Además vi cierto brillito burlón en sus ojos, criatura.

-Le aseguro que no fue mi intención...

-Es que sí. Tiene razón. Mi cita es con un caballero.

-Está bien, señora. Todos tenemos derecho a...

-¡No lo diga como si pensara que la cita es para revolcarme en la cama con un tipo!

Algo ofendida, la chica replicó.

-Pero si eso es cosa suya, señora.

-Pero aclaremos el punto, niña. Mi cita es con un caballero que si se revuelca en la
cama, se le desarma el esqueleto. Y yo termino con un lumbago, posiblemente.

-No se enoje, señora.

-Es que me pareció una impertinencia que me preguntara para qué me estaba adobando
la cara.

-No fue impertinencia, señora. Era interés, de mujer a mujer.

-¡De mujer a mujer! ¿Qué de común hay entre una chica de veinte años como usted y
una septuagenaria como yo?

-¡El vestido!

-¿Cómo dice?
-Pensando que iba a una fiesta y que se preocupó tanto de su cara. Le iba a sugerir un
vestido nuevo.

Sara reflexionó un momento.

-¿Le parece que un vestido nuevo...?

-Sobre todo si la cita es con un caballero, toda vez que por la edad ya no sea medio
ciego.

-¡Todavía lee sin lentes!

-Razón de más para pensar en un vestido nuevo. En el salón vecino mi hermana tiene
una boutique...

-Creo que voy a echar una miradita.

Pagó a la experta en belleza y cuando se marchaba, la joven le dijo:

-Si me permite otra sugerencia...

-¡No me diga que tiene otra hermana que vende ropa interior negra!

-No, señora. Me refería a un perfume.

-¿Perfume?

-Si el caballero lee sin lentes, debe tener funcionando el sentido del olfato.

-Huelo a antisudoral, y basta, niña.

-Un leve efluvio de cedro, lirio y pacholí -murmuró con picardía la joven.

-¿Le está imitando a Menchi Barriocanal? ¿De la tele?

-¿No vino aquí a ser más agradable?

-Ésa fue la idea, señorita.

-Complételo con un perfume.

-¿Yo? ¿Perfumada? ¿Qué va a pensar Miguel?

-Se va sentir halagado.

-¿Qué?
-Cuando un hombre aspira el perfume de una mujer, piensa que se ha perfumado para él.

-¡Usted sabe mucho para ser tan jovencita! Está bien. ¿Cuánto cuesta el perfume?

-No le cuesta nada. Le voy a obsequiar un frasquito.

-Es usted muy amable.

La joven extrajo de un pequeño muestrario de cristal un frasquito minúsculo, lo destapó
y humedeció milímetros del dorso de su mano con el perfume.

-Aspire, señora.

Sara aspiró.

-Hum... huele bien.

-¡Señora!

-¿Dije algo malo?

-Se dice que «huele bien» de un pollo al horno.

-Tiene razón, niña. Un perfume no huele. Perfuma.

-Insinúa... -Susurró la joven con voz ronca, sensual.

-Yo ya no tengo nada que insinuar -aseguró Sara, sonrojándose bajo la capa del
maquillaje.

-De mujer a mujer, señora...

-¿Sí? ¿Qué me va a decir?

-Parece que yo tengo más experiencia que usted.

-¡Por supuesto! Yo ya olvidé las mías. ¡Y se puede saber en qué sabe más usted que yo?

-Del romance.

-¿Y qué pasa con el romance?

-Que no tiene necesariamente que ser sexual, señora.

-A los 20 años no puede saber eso, jovencita.

-Lo sé. Tengo un amante y le soy fiel. Un hombre mayor que me ha puesto este negocio.
-¡Eso es sexual!

-Pero tengo un amado que me hace feliz.

-En la cama, claro.

-Sin cama.

-Eso será cosa de estos tiempos modernos. Cuando yo era joven y amaba a un muchacho
no dejaba de pensar en su bragueta.

-Eso no es amor. Era deseo. ¿No nota la diferencia?

-¿A mi edad? ¿Y para qué?

-Tiene una cita.

-...y ya no hay caso de pensar en braguetas. ¿Eso me quiere decir?

-Acaso sí, señora. Tal vez nunca conoció el verdadero amor, y está teniendo su última
oportunidad. Un amor condenado a ser limpio.

-Usted no es una vulgar peluquera...

-Estoy en la facultad por la noche.

-Y el amado intocado es un compañero, ¿no?

-Acertó. Estudiamos juntos.

-¿Se besan?

-¿Curiosidad morbosa, doña?

-Está bien, niña, dejemos las cosas así. Gracias por el perfume. ¿Dónde está su
hermana?

-El salón vecino.

-Gracias otra vez. Es usted una chica muy vivaz y práctica.

Salió Sara a la calle y volvió a entrar en el negocio vecino. La dueña era la réplica de la
peinadora, aunque un poquito mayor.

-¿Señora?
-Estuve en manos de su jodida hermana, al lado.

-Se nota.

-Cree que necesito un vestido. Es que tengo una cita, ¿sabe?

-Bueno, señora. Usted debe decidir si necesita un vestido o no.

-Los que tengo huelen a alcanfor y naftalina.

-Puede airearlos, señora. Su elección depende de la impresión que quiera causar al
caballero.

-No puedo pretender que se desmaye como un Romeo. Sólo causarle la impresión de
que soy una dama... pulcra.

-¿Y deseable?

-Eso ya no corre. Hay una próstata de por medio. Y ochenta años.

-Ah, comprendo. Miremos aquí...

De un largo listón colgaban decenas de perchas con sus correspondientes vestidos.

-Mire, ese verde con el cinturón rosa.

-Parece un poco escotado. No voy a usar un escote que muestre dos bolsas vacías que
me llegan a la barriga.

-Hay portasenos que...

-Olvídese de eso. Quiero ser elegante en la medida de lo posible, no grotesca, muchacha.

Por fin, eligió un vestido de tenue color celeste con motitas azules cuyo cuello se
cerraba en la garganta con un discreto moño.

Iba camino a su casa con la cabeza blanca tornasolada por el sol crepuscular, con el
paquete del vestido metido en un bolsón de plástico, y pensando que debía inventar una
receta bien cara para recuperar con Raúl lo que había gastado.




Capítulo VII
Don Miguel salió del baño enfundado en su batón y secándose el pelo con una toalla.
Miró con desconsuelo el traje negro extendido en la cama. Ruiz Díaz le entregaría el traje
nuevo recién el viernes o el sábado, o el lunes. De modo que Sara debía soportar una vez
más su traje negro. En compensación, se puso una camisa nueva que había comprado el día
anterior, y después los mocasines negros, que encontró molestamente livianos, como si
anduviera en zapatillas. Contempló su cara acabada de afeitar y recordó que antes quedaba
una sombra azulada, pero ahora ya no, porque la barba se había vuelto blanca. Vestido
completamente, volvió a contemplarse en el espejo.

-No estás del todo mal -le dijo a su imagen.

-No sé para qué diablos quieres estar bien -le contestó la imagen-. Tengo una cita,
¿recuerdas?

-La palabra no cabe, y lo sabes bien -le replicó la imagen.

-¿La palabra «cita» no cabe?

-No. Porque tiene una connotación de aventura, de romance, y acaso pecado.

-Gracias por ser tan estimulante. ¿Aventuras? ¿Qué es la aventura? Un rompimiento de
la rutina. Cruzar un umbral sin saber qué se va a encontrar. ¿Y romance? ¿Hay que tener
una definición estereotipada del romance? No veo la razón. Concluyamos que el romance
es un intercambio. ¿De qué? De pasiones, supongo. Pero... ¿por qué no un intercambio de
sosiego? ¿Un intercambio de cansancios? ¿Un intercambio de esperanzas?

-¿Se tienen esperanzas a tu edad, viejo loco? -preguntó el espejo-, ¿Por qué no?

-¿De qué? Esperanza es esperar. ¿Qué?

-De no andar medio muerto antes de morir -replicó irritado don Miguel.

-¿Y qué papel juega una mujer en esto?

-No es una mujer. Es otra persona vieja.

-De sexo distinto -insistía el espejo.

-Es cierto. Eso le pone una capita del ilusión a la esperanza. Es como volver a ser niños
y jugar a ser novios. Y se completa así el círculo de la vida. No es tan malo. Volver a la
infancia después de haber aprobado todas las culpas, y recuperar la inocencia al fin.

El del espejo calló.

-Olvidemos entonces el pecado implícito en la cita -dijo don Miguel, y llamó a
Marcelina, que apareció arrastrando los pies.

-Salgo, Marcelina. No me esperes levantada.
-Levantada o acostada es lo mismo. No duermo mientras no vuelves, chiquitín. No te
olvides de cenar.

-Me llevo la llave. Pórtate bien.

Sacó del garaje, con experta marcha atrás, el poderoso Buick. Y mientras manejaba,
silbaba. ¿Cuánto tiempo hacía que no silbaba? Ni lo recordaba, pero era sorprendente que
de repente sintiera ganas de silbar, especialmente aquella melodía que de pronto se
desempolvó en la memoria. ¿Cómo era la letra? Ah sí, canturreó:

-Labios de miel que besaron mis labios

ojos de sol que me hicieron soñar

y en la emoción de tus besos tan sabios

desglosaba mi alma un cantar.

En su mente apareció el rostro ovalado y la melena castaña y ondulada de Cristina.
Bailaban muy juntos, muy jóvenes, muy novios y muy vivos aquel foxtrot.

-Y dónde estarás ahora

acordate de mí

mientras mi querer te llora

vuelve mi emoción hacia ti.

Cristina apoyaba su mejilla tibia contra la suya.

Y él aspiraba la fragancia de su cabello y seguía la música.

-¡Epa, abuelo, mire por donde va!

El grito destemplado lo arrancó de la ensoñación. Se dio cuenta de que estuvo a punto de
atropellar a una pareja de muchachos con libros bajo los brazos. Frenó.

-Disculpen, chicos.

-No es nada, señor -dijo el muchacho.

-A su edad ya no deberían manejar -dijo la muchacha.

-Debería estar sentado en un sillón mirando afuera y acariciando un gato.

Rieron divertidos y se alejaron tomados de la mano. Alguna vez, Cristina y él...
Pero Cristina estaba muerta mucho tiempo ya. Ahora le esperaba Sara. Puso en primera
y retomó suavemente su camino. ¿Cómo había dicho la chica? Debería estar en un sillón
mirando afuera y acariciando un gato. Mirando afuera, mirando por la ventana, viendo
pasar el tiempo que a cada minuto, se llevaba algo de él mismo. Pero no. Podía manejar, sí
señor. Podía salir a tomar el té con una dama. Podía aún vivir. Vete al diablo, chiquilina.

Cuando llegó a casa de Sara, sintió una atmósfera distinta.

-Buenas tardes, Sara.

-Hola, Miguel.

Se sorprendió un poco porque Sara estaba allí, de pie, con las manos unidas de una
niñita avergonzada de recitar, soltando risitas y meneando los hombros. Indudablemente
esperaba algo especial. ¿Qué, Señor mío? Y de pronto se dio cuenta. Parecía que parecía
más joven.

-Hermoso vestido, luces elegante.

-¡Gracias! -susurró Sara y se acarició el pelo.

-Y ese peinado. Es una obra de arte. ¿Qué huelo? -se acercó y aspiró.

-¡Seducciones de Oriente! -aclaró ella.

-¡Funciona en Occidente! Me siento seducido, señora.

Sara se puso ceñuda.

-No suena del todo sincero desde ese traje negro.

-¡Mandé confeccionar uno más claro! Lo juro. ¿Ves mi camisa?, es nueva. También mis
zapatos son nuevos.

-¡Mocasines! Te estás humanizando, Miguel.

-Siento como si anduviera descalzo. ¿Y el té?

-No hay té.

-¿Hacemos dieta?

-No, vamos a salir a tomar el té.

-¿Salir?
-Sí, salir, salir, ir a una confitería. Charlar.

¿Por qué no? -se dijo Miguel.

-Excelente idea. Pero si me haces una promesa.

-Dependeee -susurró con picardía Sara.

-No me vas a decir cómo debo manejar.

-¡Entrego mi vida a tu pericia!

-Sin burlas, sin burlas.

Ella cerró las puertas con llave. Bush dormitaba y Lenin y Gorbachov quedaron adentro,
maullando su protesta. Tomados de la mano, fueron a abordar el coche.




Capítulo VIII
Exactamente como le había dicho la jovencita aquella, colocó el sillón junto a la ventana
abierta a la noche, los pies calzados con zapatillas, sobre el piyama el viejo batón, porque
un poco del fresco humedecido de rocío de marzo se colaba al dormitorio.

-Pues bien, chiquilla. Aquí estoy como querías que estuviera. Lo dijiste sin malicia,
claro, pero con mucho prejuicio. Ustedes los jóvenes nos condenan a sentarnos a mirar
cómo pasa el tiempo. O sea, dicho mejor, cómo se acaba el tiempo. No estamos de acuerdo.
Hoy mi tiempo se llenó de sucesos agradables. No es amor, no es amistad. Es un encuentro
en una avenida vacía, que dejó de ser casual, para volverse algo importante.

Te cuento, jovencita, que en un momento dado, haciendo bollitos con las migas entre los
dedos, ella me dijo que esto era muy agradable. Estar tomando té con un amigo, y dijo algo
que no comprendí bien. Algo así como «esto debe tener un sentido, porque lo que no tiene
sentido, se muere». Ahora me doy cuenta de que se refería a nuestra relación. Y resulta,
jovencita, que tiene razón. Toda relación entre dos personas debe tener una finalidad, un
propósito. Lo que no alcanzo a ver es qué propósito pueda tener una relación entre
ancianos. Me da cierta angustia pensarlo. Aunque, filosofando un poco, podría decir que la
finalidad es la relación misma. El propósito es estar juntos, porque el estar juntos trae el
olvido de lo que somos, barcos rumbo al último puerto. Y trae alivio. Y trae consuelo. Y
trae, esto más importante de lo que crees, jovencita, una sensación de ser, de vivir, de estar
exprimiendo las últimas ofertas del tiempo que se va.

Con todo propósito, jovencita, he hecho lo que me has dicho. He traído el sillón, abrí la
ventana y miré la nada enfundada en noche. Y aunque te ofendas, niña, no me siento feliz,
ni sosegado. Todavía hay vida que vivir, calles que caminar, una fruta que arrancar del
guayabo, un nido que descubrir en el naranjo, un ysaú diligente que lleva un trozo de hoja
del rosal como velamen verde. Veo todas esas cosas, la crisálida que cuelga de la morera, el
enrejado de hierro del aljibe muerto que se ha cubierto de enredadera de flores azules, el
tejido de una araña cazadora de perfecta arquitectura que amaneció atrapando gotas de
rocío. Veo todas esas cosas y me emociono. Y ahí está la cuestión. En la emoción. Creo que
una persona empieza a morir cuando ya no se emociona por nada, cuando ya no busca en
los jardines el trébol de cuatro hojas o cuando no piensa en una joya volante cuando un
moscardón azul vuela de la sombra a la luz y de la luz a la sombra. Eso a mí me emociona.
Y la emoción es mi motor, que aún anda.

Tendré que decirle a Sara que las cosas no necesitan tener un sentido si son sentidos en
sí mismas. Son planteo y propósito. Pero quizás tenga razón. Que eso no basta. Ella dijo
que Lenin, Gorbachov y Bush le dan un sentido a su vida. Yo le encuentro sentido cuando
siento el placer de manejar mi bestia suave de ocho cilindros y asustando en mi patio a una
lagartija.

Pero, claro, ahora somos dos. Nos hemos aliado, y esta rueda gira y me replica que la
alianza tiene un propósito. Llegar a los altares y gozar noches nupciales ya están fuera de
concurso. Creo que debo pensar mucho sobre el tema. Y descartar cosas limitadas por el
tiempo, como el concepto de «porvenir». Vaya, jovencita, qué palabra: «porvenir». ¿Qué se
puede esperar que venga por un camino hecho de tiempo que ya ni existe? Podría sustituirla
por otro: «por pasar» y rectificar la pregunta, que ya no es ¿qué nos va a venir? sino ¿qué
nos va a pasar? ¿Cuándo? ¿Mañana, pasado mañana, pronto? La respuesta es demasiado
evidente para alegrar el corazón. Después de habernos pasado todo, lo único importante que
queda por pasarnos es...

Uff, el viento se volvió frío de repente. Voy a cerrar la ventana, y me voy a la cama,
niña.





Capítulo IX
Durmió, pero con un sueño superficial de anciano primero, con un sueño espeso,
terminal, después, sintiendo que caía hacia un lecho marino, y había en él una enorme suma
de frustración, porque sabía en esa pesadilla que culminaba en el abismo estaba la
consumación final, la muerte, que se le presentó como una gran mentira, porque había leído
aquellos libros en los que la ciencia trataba de forzar los umbrales últimos, y a la cabecera
de los moribundos se hurgaba en el modo y en el itinerario del tránsito.

Con pavor infinito, estaba descubriendo la mentira de la experiencia. No era aquello un
ascenso por un pozo vertical hacia una luz resplandeciente, amistosa y compasiva, que
anunciaba reposo a todas las fatigas y consuelo a todos los dolores, y más allá del brocal
iluminado, el espacio infinito y celeste poblado de amor, de encuentro, de nombres
olvidados que volvían a los oídos con un sonido de campanillas de plata. Era sí la caída por
las aguas y el silencio marino, hacia una profundidad que guardaba la claudicación de
barcos fantasmales reposando en el cieno y con el agua convertida en sopa espesa donde se
incubaban los huevos de la pesadilla, en una profundidad oscura de peces ciegos donde tal
vez las almas sin ojos se debatieran durante eternidades buscando salidas imposibles,
caminos borrados por el cieno primordial, principio y final de la existencia humana.

Durante aquella lenta caída a la que el cuerpo se entregaba con fatalidad dolorida, sólo
se rebelaba la memoria, en desesperado intento de rescatar recuerdos que desbordaban de
instantes que fueron síntesis de una vida vivida con prodigalidad. Se veía niño, aterrado por
la oscuridad de afuera que corría a refugiarse en el lecho de sus padres, arrebujarse entre los
dos, y sentirse seguro y protegido en esa oquedad cálida, nido abierto por la ternura
palpitante, aspirando el olor masculino de papá, y el perfume de leche derramada que
exhalaba el cuerpo de mamá. Durante los días de verano, la larga galería sombría donde la
pelota multicolor corría espantando el moscardón posado en las sinesias y a las abejas que
exploraban el naranjal y la parra. La escuela que instalaba en las narices el inolvidable olor
del almidón de los guardapolvos y la tiza que caía en polvillo de los pizarrones. La maestra
del cuarto grado, rubia y de ojos celestes, que le enseñó lo que es el anonadamiento ante el
infinito misterio cuando un día no vino más a clase y se supo después que se había
suicidado por amor. La juventud temprana y terrible cuando los diarios anunciaban la
movilización general porque Bolivia tentaba su salida al mar conquistando el Chaco para
asomarse al gran río, y entonces le convocaron y le dieron un uniforme verde y le pusieron
una estrella de Teniente sobre los hombros, porque era bachiller en Ciencias y Letras, y
marchó a la guerra pavorosa donde la sed mataba más que las balas en la sequedad espinosa
de la selva sin agua, territorio para el extravío y el sufrimiento. Y dentro de aquellos tres
años de guerra inútil por una salida al mar que no era salida sino más encierro y por un
petróleo que no existía, las experiencias límites que aproximaban a los bordes de la locura,
como la muerte del teniendo Carlos Irrazábal, compañero de juegos de la niñez y de aula en
el colegio, que logró alcanzar el pozo de agua, pero murió de sed en sus orillas porque
Bolivia, al marcharse, envenenó el agua arrojando sus muertos en ella.

La caída lenta, interminable, se iba resolviendo en el desenfrenado forcejeo de la
memoria, que se revuelca rebelde cuando todo ha claudicado. El regreso del Chaco, y el
comienzo de su otra guerra íntima para rescatar la juventud que quedara presa en los
espinos innumerables de la selva reseca, o enterrada en las trincheras inútiles, con el
espectro del teniente Irrazábal rondando su vigilia, sus sueños, y su insomnio interminable
para oír pisadas duras en la acera, o el andar interminable de las patrullas que reclutaban
carne de cañón, pisadas de perseguidor de sombras, livianas, como de pies sin materia, de
pies descalzos sobre arena húmeda, zarpa afelpada del aire acechante, y huyendo de la
amenaza, los espectros de los que murieron en la guerra sin sentido. Y entre esas sombras
dolientes su amigo el teniente Irrazábal que cruzaba las plazas oscuras de la ciudad
dormida, trepaba escalinatas interminables, huía de las arcadas redibujadas por la luna o se
asomaban a barandas y balcones para otear en el paisaje que no era paisaje sino líneas
quebradas contra las sombras, vigilante, ansioso, temeroso de adivinar los pasos o discernir
las sombras de la patrulla fantasmal que obligaba a marchar a punta de fusil a combatir por
la gloria de la Patria.

El encuentro con Cristina fue su nuevo despertar a la vida. Su amor ahuyentó fantasmas
y vistió los recuerdos trágicos con el velo de una fatalidad que ya no dolía, porque
empezaba a ser aceptada, reducida a la categoría de una experiencia del pasado que dejaba
cicatrices, pero no ya dolores ni la lenta agonía del sufrimiento. Cristina le trajo
iluminación, reconciliación con la vida y con la experiencia. El teniente Irrazábal encontró
el reposo y su muerte una justificación resignada, porque Cristina traía una dulzura que
reconciliaba con la memoria y borraba la ira de la juventud perdida.

Despertó con el recuerdo de Cristina. Escuchó el paso del viento nocturno entre el
ramaje del jardín y se preguntó si en cada vida existe la opción de una sola Cristina que
amanece con los resplandores de un corto día de juventud. Cristina irrepetible como la
juventud misma, haciendo que las Saras que asoman después, trayendo, más que amor,
consuelo para la soledad, no estaban allí a contrapelo de la experiencia humana, como un
toque grotesco para la vejez que se resiste a la condena inapelable del tiempo.




Capítulo X
Sara tampoco dormía. Se había lavado la cara viendo con pena cómo la vejez reaparecía
cuando el agua se llevaba su ilusión de juventud química. Había dado de comer a los gatos
sus trozos de hígado, y regaló a Bush con un trozo de torta que sin vergüenza alguna había
pedido al mozo que le envolviera.

-Soy demasiado ordinaria y él es tan caballero -se dijo a sí misma-. Capaz que piense
que soy una vieja calentona, sobre todo cuando le dije esa estupidez de que las cosas -
nuestras relaciones- deben tener un sentido. Levantó una ceja como hacía Tirone Power
hace un millón de años.

Comprobó que las puertas y ventanas estuvieran cerradas y los animales afuera, y fue a
acostarse.

-No lo hice con mala intención. Me vino a la cabeza cuando vi que el joven mozo
besaba como al descuido a la chica del mostrador, ella se enojaba, pero se había puesto
colorada y reía. Los vi llenos de propósitos y de promesas, y tuve envidia. Por eso dije lo
que dije, pero no me estaba insinuando, como puede pensar él. Y si lo pensó, me
avergüenza, aunque tengo una disculpa. No se sabe cuándo una mujer deja de ser mujer, o
cuándo una mujer es huera, frígida, estéril o indiferente. No sé cuándo pero lo que sé es que
no hay poder en el mundo que le diga a mis hormonas «levántense y anden». La fe mueve
montañas, pero no resucita nada de lo que en la mujer murió para siempre.

Lo que me atormenta es no comprender si una mujer que dejó de ser mujer, es todavía
mujer. Y si es mujer, para qué, si lleva adentro sequedad y frío. Entrañas muertas, Jesús
mío.

¿No entendió o simuló no entender?

¿Pero cómo va a entender él si yo misma no entiendo lo que quise decir? Un beso
furtivo entre dos jóvenes puso palabras en mi boca, pero ningún pensamiento en mi mente,
y ninguna calentura en mi sangre.
Me siento intranquila. Soy, o fui, de las que piensan que todo propósito de pareja lleva a
la cama. Pero me juro que no pasó por mi mente semejante barbaridad. Lo malo sería que él
pensara que yo estaba pensando en... eso.

¿Y qué tal si me pide que hagamos el amor? Los hombres se sienten alentados por
cualquier cosa. Interpretan mal una palabra, o le dan un significado erótico a una sonrisa.
Jesús mío, si me pide que hagamos el amor me da un patatús. Además, desnuda parezco
una mortadela gigante. Aunque se puede apagar la luz y...

¡Sara, estás loca!

No, lo que pasa es que soy más joven que él, menos seca que él, y las mujeres no
tenemos próstata.

¿Qué demonios les pasará a los hombres con la próstata inflamada que hacen el amor?
Eso es algo que tengo que averiguarlo, aunque no sé para qué, porque él es un caballero y
no se le ocurrirá eso de pedirme hacer el amor. Es un hombre respetuoso. Demasiado.

Pero así y todo, debería haberme dado una respuesta, en vez de levantar una ceja como
Tyrone Power. Es mucho más culto que yo, y debe saber para qué... ¿para qué qué? Al
diablo, me confundo. Sencillamente para qué.




Capítulo XI
Aquel domingo de mañana, mañana de abril, luminosa y límpida, había decidido dar un
paseo hasta Itauguá.

-Allí tengo una comadre que no veo hace años -explicó Sara.

-Entonces, vamos a Itauguá.

-¿No consume mucha nafta este monstruo?

-Menos de lo que se cree.

Cruzaron por la ciudad de San Lorenzo y enfilaron por la ruta.

-¿Pongo la radio?

-Sólo se oyen malas noticias. Antes transmitían música.

De todos modos, él encendió la radio, y un político hablaba de fraude. Cambió de
emisora y otro político decía qué linda es la democracia, pero... encontró una fatigosa
multitud de peros. Entonces Sara misma apagó la radio. El Buick mantenía un prudente y
majestuoso 60 kilómetros por hora y parecía deslizarse sobre el asfalto. Llegaron a Itauguá
y Sara no fue capaz ni de ubicar la casa de su comadre. Curiosearon en los negocios que
vendían ñandutí, y él tuvo el gesto galante de obsequiar a Sara un primoroso centro de
mesa.

-¡Gracias! -exclamó Sara, maravillada por el obsequio-, es el primer obsequio que me
haces.

-Espero que no sea el último -contestó él.

-Luces muy bien con el traje azul.

-Gracias.

-Pero no es lo más adecuado a un paseo de domingo.

-¿Y qué debo ponerme? ¿Pantalón vaquero y guayabera?

-Precisamente.

-¡No!

-Sigues con tu empaque.

-Respeto mi edad.

-La edad no tiene nada que ver con la comodidad. Yo estoy pensando comprar unos
pantalones. ¿Crees que unos pantalones me sentarán bien?

-Depende...

-Claro, de la silueta. Yo soy cuadrada y con unos pantalones pareceré más cuadrada.

-Lo decís vos.

-Lo pensás vos. Está bien, no me compraré los pantalones, si no te agradan.

-No dije que no me agradan.

-No aplaudiste tampoco -dijo ella, irritada.

-No se trata de vos. Sino de mí, siempre detesté que las mujeres se pusieran pantalones.
Es antinatural.

-¡Qué anticuado...! ¡Como tu traje azul en domingo!

-Está bien, me compraré un pantalón sport y guayabera. ¡Pero nada de vaquero!
-Hacé lo que se te antoje.

-No tienes derecho a estar enojada.

-¿Por qué no?

-Acabo de hacerte un regalito...

-¡Mírenle! ¿Me estás comprando con un regalito?

-¡Hablas como una chiquilla caprichosa!

-¡Lo que quiere decir que me consideras una vieja gruñona!

-No. Una dama incomprensiblemente peleona.

-¡Es que no soporto ese traje azul!

-¡Otra vez!

-Mira a aquel señor.

-¿Cuál?

-El que bajó del coche verde, viste un short, y debe tener tu edad.

-No es un espectáculo agradable. De la cintura para arriba parece un sapo, y sus piernas
son color difunto. Además es pelado.

-¡Ahí está! Vos tenés todavía una linda figura, unos lindos cabellos y con short lucirías
elegante.

-Tengo las piernas peludas.

-Gusta a las mujeres, porque indican virilidad.

-La virilidad no está en las piernas sino entre las piernas, y ésa es una cuestión que no
quiero tratar.

-¿De veras que tienes las piernas peludas?

-Pues sí.

-¿Me muestras?

-¿Mis piernas? ¡Qué ocurrencia!
-Te avergüenzan, son secas como palitos.

-¡Oiganla! Mirá.

Levanta los pantalones y muestra.

-¡Jesús, que pelambre! ¿No te pican?

-No. No me pican. Lo que me pica es este ridículo de mostrar mis piernas a una dama.
Aquella señora se está riendo.

-Debe ser por envidia. Debe tener un marido lampiño. ¿Nos vamos?

Abordaron el coche y retomaron la ruta. De repente, él rió.

-¿Hay algo gracioso? -preguntó ella.

-Sí, nosotros.

-Ahora resulta que resultamos cómicos.

-Cómico no es la palabra. La palabra es gracioso, lo dijiste vos.

-Bueno, cuéntame lo de gracioso, a ver si me río.

-¿Sabes algo de Freud?

-¿Quién?

-Froid.

-Freud o Froid, no sé de qué hablas.

-De un sabio que estudió el comportamiento humano.

-¿Y qué conclusión sacó?

-Muchas. También sobre el amor.

-Cuéntame.

-No sé cómo explicarte.

-Prueba, no soy tan boba como piensas. ¿Qué hay del amor?

-Que es como un proceso de maduración, como una fruta. Y hay una etapa característica
dentro de ese proceso. ¿Me sigues?
-Dale, dale.

-La etapa de la hostilidad.

-¿Y qué sigue?

-Después llega el amor.

-¡Qué presuntuoso! ¡Estás sugiriendo que me estoy enamorando de vos!

-Sólo recordaba a Freud.

-¡Froid!

-Froid.

Sara encendió la radio. Un locutor llamaba a la solidaridad para adquirir medicinas para
una enferma grave en el Hospital de Clínicas. Después arremetió con una tanda de avisos.

-¡Ahí está el sentido! -dijo de pronto Sara.

-¿De qué estás hablando?

-De cuando dije que una relación debe salir de su encierro y encontrar un propósito.
Ayudar a esa enferma es un propósito. Sentiría que nuestra amistad es... no sé cómo decirlo.

-Útil.

-Eso.

-Y proyectado hacia afuera, generando el bien para otros.

-¡Tienes una forma tan clara de decir las cosas!

-¿Qué se supone que debemos hacer, Sara?

-Ir al Hospital, ayudar a esa mujer.

-No recuerdo qué medicinas pidió.

-El dinero es el camino a todos los remedios. ¿O es que sos avaro?

-No entiendo.

-Entonces, ¡acelera, hombre!
-¿Para qué?

-¡Para llegar al Hospital de Clínicas!

El Buick rugió al tomar velocidad, y Sara no sintió miedo, sino la urgencia de cumplir
un propósito. Entre los dos.

Cuando llegaron al Hospital, don Miguel tenía los riñones doloridos. En cinco años no
había manejado tan lejos y tanto tiempo.

Una atareada enfermera los condujo hacia una sala de muchas camas, de donde salía un
médico.

-Doctor...

-¿Sí, señor?

-Oímos por radio un pedido de auxilio para una enferma. Quisiéramos ayudar.

-Si mal no entendimos, pedían antibióticos y vitamina K.

-Ah, sí. La pobre murió. De todos modos, gracias.

Se alejó presuroso. Sara sintió que iba a llorar y don Miguel sintió un pesado
sentimiento de pena.

-Vámonos de aquí, Miguel.

-Está bien. ¿Lloras?

-Me siento frustrada.

Se encaminaban hacia la salida, cuando el mismo médico iba a cruzarse con ellos y se
detuvo.

-El bebé vive -les dijo.

-¿Bebé?

-La mujer murió después de una cesárea.

-¿Qué quiere decirnos con eso?

-Que forman un venerable matrimonio feliz que quieren dar algo de su felicidad.

-¿Matrimonio...? -dijo don Miguel y sintió un codazo de Sara en las costillas. La miró.
-El propósito, ¿recuerdas? -susurró ella.

-¿Está sugiriendo, doctor...?

-Mire, señor. Ésa mujer vino sola. Era muy joven. Con toda seguridad era su primer
hijo. Murió sin parientes a su lado. Queda el bebé. ¿Qué hacemos con el bebé?
Generalmente comunicamos al juez de Menores y lo entregamos a la Cruz Roja, o a la Casa
Cuna. También suele suceder que una pareja caritativa se haga cargo de la custodia, con
conocimiento del juez, claro.

-Es que nosotros no somos un matri...

Otro codazo experto hizo callar a don Miguel.

-¿Quiere decir... tenerlo en casa? -preguntó Sara.

-Ésa es la idea, señora. Y nos saca un peso de encima.

-Pero... ¿así... tan pronto? -preguntó don Miguel.

-Todo provisorio, señor, usted firma papeles en duplicado, nos deja sus datos, y
comunicamos al Juez de Menores el destino del chico, bajo su responsabilidad y cuidado.

-¡Suena terriblemente legal, doctor!

-Así es, caballero. Pero todo es provisorio, le repito. Puede aparecer la madre de la chica
muerta; descontamos que se presente el padre o el que engendró el chico, nunca sucede.
Acreditan la identidad de la fallecida, acreditan su parentesco y el juez ordena la entrega del
bebé.

-¿Y entretanto podemos tenerlo? -preguntó ansiosa, Sara.

-Desde ahora mismo.

Sara miró suplicante a Miguel. Parecía una niña pidiendo una muñeca nueva.

-Sííí -hasta daba saltitos.

El médico sacó de sus dudas a Miguel.

-¿Me da sus documentos, caballero?

-¿Para qué?

-Para los certificados de entrega, basta que usted los firme -dijo, añadió con picardía-, a
pesar de todo todavía seguimos siendo jefes de familia.
Roto su empaque, confundido, don Miguel entregó al médico sus documentos, y el
hombre de amarillento guardapolvos se alejó con ellos, entrando en una oficina, o
secretaría, o lo que fuera.

-Hacen rápido las cosas -dijo Sara.

-Es que en este sitio el dolor no da ventaja, Sara. Pero, déjame entender. ¡Me estás
convirtiendo en delincuente!

-¡La caridad no es delincuencia!

-Mentir el estado civil es delincuencia. Nos cree casados.

-¿Les dijimos que estábamos casados?

-No.

-Ya, se lo imaginó él. No tenemos la culpa de que sea un tonto.

-¡Pero es una locura!

-Sí, en eso tienes razón, Miguel.

-¡Menos mal!

-La última locura que nos podemos permitir en esta vida. Si nos vamos de aquí sin el
chico, nos iremos ya irremediablemente viejos.

-Lo que estás diciendo...

-E inútiles.

-Pero analicemos un poco, Sara. Es obvio que ese doctorcito quiere que yo firme los
papelotes. Firmo los papelotes. Me hago responsable de un bebé que ha sido recogido por
un matrimonio que no existe y que no seré capaz de tenerlo en casa.

-¡Sí estará en casa!

-¿Pero sos capaz de...

-Ya he sido madre soltera una vez, ¿recuerdas?

-Sí, pero... ¿Lo tendrás en tu casa, dijiste?

-Eso dije.
-¿Y si se lo comen Lenin y Gorbachov, o incluso Bush? ¿Qué pasa conmigo? ¡Quiero
morir en mi cama, no en la cárcel!

-Deja el bebé por mi cuenta, y tranquilízate.

-No. No. Hay que racionalizar. Te veo muy entusiasmada, muy sensible. Le vas a tomar
cariño al chico. ¿Qué pasa si aparecen los parientes? Se lo llevan y vas a sufrir mucho.

-¿No es esta nuestra última locura?

-Así parece.

-También es nuestra última aventura, e incluye una apuesta. Estoy apostando a que nadie
se interesará por el bebé, como nadie se interesó por la madre.

-Pero cuando se descubra que no somos...

-Miguel... estamos en una edad en que el mañana no importa. Importa ahora.

-Pero el mañana sigue existiendo. Mañana puede ser mañana mismo. Creo que dije un
disparate, pero es así.

-¿Señor...? -era el médico, que volvía.

-¿Sí?

-¿Me acompaña?

Hizo falta un leve empujoncito de Sara para que don Miguel empezara a moverse con
desgano. Entraron en la oficina. Una dama de guardapolvos blancos, sentada en un
escritorio, tenía delante sí unos formularios llenados a máquina.

-Firme aquí, gracias, y aquí, gracias. Y también esto.

-Está en blanco.

-Sí, firme muy al pie, es la comunicación al juez y su conformidad de tenerlo en
custodia. La llenaremos nosotros.

Resignado, don Miguel firmó el papel, con la sensación de estar firmando su propia
sentencia.

-Bien, gracias -dijo la enfermera-. Han hecho una buena acción. Iré a traer al bebé.

Quedaron esperando, tensos. El médico le dio unos golpecitos en la espalda a don
Miguel y se marchó presuroso, rumbo a sus tareas.
Poco después, apareció la dama de blanco, portando un bulto envuelto en paño blanco,
de donde salía un berrido bastante agudo. Sara apartó los pañales y le miró la cara.

-¡Jesús, qué feo! -exclamó deleitada.

-No es feo, es fea -aclaró la mujer.

-¿Cómo?

-Es niña. ¿Qué harán con ella? -se dirigió a don Miguel.

-Bueno, no sé...

-¿Puedo sugerirle algo práctico?

-Sí, sí, cómo no -respondió don Miguel, mientras Sara mecía a la niña, le susurraba un
canto de cuna.

-Llévenla a un sanatorio. Necesita una inspección completa. Tiene apenas dos horas.

-Sí, buena idea -dijo don Miguel, por decir algo.

Más tarde, en el más moderno sanatorio de la ciudad, Miguel y Sara miraban los
cristales donde una joven enfermera, después de bañar y desinfectar el ombligo y envuelto
en pañales más decorosos que los del hospital a la niña, estaba empezando a alimentarla
con un biberón.

-¡Mirá! ¡Chupa! -decía Sara dando saltitos.

-Sí, sí, veo que chupa -le contestaba don Miguel, con aire ceñudo y preocupado.

-Estará aquí tres días y después me la llevo a casa -anunció Sara.

-Y, mientras tanto, enseña a Gorbachov, Lenin y Bush la diferencia entre un ratón y un
cachorro humano.




Capítulo XII
Una punta roja encendida brillaba en la oscuridad, allí donde el rugoso limonero
empezaba a madurar. Era el cigarro que don Miguel se permitía apenas una vez por
semana, violando la prohibición estricta de su médico. Sentado en un sillón de mimbre,
vestido con un liviano buzo de algodón y viejos pantalones de entrecasa, los pies metidos
en zapatillas, meditaba. El olor de los frutos en sazón le traían recuerdos. Cristina y él lo
habían plantado juntos, como el aguacate que ahora era viejo y tosco de tronco, pero lozano
en el follaje. Ahora el limonero era tan alto que casi le tapaba la luna. Cristina la solía
prohibir que arrancara los frutos maduros, porque el limonero era suyo, y el árbol lo sabía y
sólo fructificaba para su dueña. Si cualquier otro tocara un fruto, se enojaba y se secaba.
Murió Cristina y el limonero siguió vivo, dio nuevas frutas y fue indiferente a las cosechas
de la vieja Marcelina y a las de él mismo. Quizás en su pena, al limonero ya no le
importaba que le arrancaran sus frutos.


Don Miguel se preguntó qué pasaría cuando él mismo muriera. El arbolito le
sobreviviría, sería parte de la herencia que recibirían sus hijos, y quizás el arquitecto casado
con su hija cumpliera el sueño de edificar allí un edificio de consorcio. Entonces cortarían
el limonero, y el aguaí, y el aguacate, y la lima de Persia; el naranjo del fondo, tan viejo y
cansado que sólo daba frutitas enanas cada agosto, y la morera donde el gusano tejía su
sarcófago para encerrarse en él en agosto y renacer mariposa en setiembre.

-Por lo menos ese gusano sabe que existe otra vida -se decía a sí mismo-. Sabe lo que no
sabe el hombre, o lo que el hombre sólo presiente, o desea, o espera. ¿Pero por qué estoy
pensando en eso? Esa mujer torrencial, esa vieja con alma infante me ha empujado a una
aventura inconcebible. ¿Cómo dijo cuando fuimos a traer al bebé a su casa? Sí, dijo que
ahora tenemos una razón para no morir. No dijo «razón para vivir». Dijo: «razón para no
morir», como si pensara que estamos obligados a vivir, porque una vida nueva dependía de
nosotros. Es loca la dama ésa, pero tiene una energía poderosa que me lleva a cometer
disparates como falsificar documentos, pero lo hago. No digo no. La aventura me atrae
como le atrae a ella. Sólo que ella se lanza de cabeza al agua. Yo entro caminando
cuidadosamente, pero es la misma agua, el mismo riesgo, la misma locura de jugar a ser
padres de una muñeca. Dios, de nuevo otro círculo que se cierra. La vuelta a la infancia.
Pero no, no es infancia, es juventud. Jugamos a ser padres jóvenes. Lástima que será un
juego tan corto, porque vendrán a llevarse a la chiquilla, o quedará para decimos adiós,
quizás más pronto de lo que creemos. ¡Caray! Otra vez la idea de la muerte. Antes de
conocerla, pensaba poco en la muerte. Ahora sí. Es que la soledad de la «tercera edad»
(horribles palabras) viene envuelta en celofanes negros, como si la muerte formara parte
inevitable de la soledad, pero rota la soledad, de regreso a la vida, queremos más vida, y
pensamos en la muerte como la enemiga que traza una raya en la tierra y dice que de aquí
no pasas. Y la raya está tan cerca, casi debajo de nuestras narices. Pobre niña, que mal le
hemos hecho. Aprenderá a decir mamá, o papá, y después «adiós». Sara, Sara, el sentido
que le encontraste a nuestra alianza no tiene sentido, porque no tiene continuidad en el
tiempo. Es una aventura sin futuro.

Don Miguel se dejó adormecer. El cigarro se había apagado y lo tiró. Cantaban los
grillos su extraño concierto de chirridos dialogales. Los murciélagos pasaban veloces
lanzando chillidos. Una suave brisa hacía crepitar el follaje y traía la azucarada esencia de
las pomarrosas maduras del patio vecino. En alguna parte corría agua. Una canilla que el
descuido dejó abierta o una canilla ya vencida, y había un rumor de arroyito que dejaría al
amanecer una minúscula laguna donde vendrían los gorriones a darse un baño y esponjar
las plumas. Don Miguel se mecía en la frontera del sueño, con la mente suficientemente
clara como para recordar que no había preguntado cómo se llamaría la niña.

-Le pondremos Aurora -se dijo-, es la palabra más alejada de la noche.
Capítulo XIII
-¡Mamá!, es el más grande disparate que he visto!

-¡No alces la voz que la niña duerme!

-¡La niña! ¡La niña! ¡La niña! Traerla fue una locura.

-Lo sé. Lo hice por eso, justamente.

-¡Y ese viejo demente!

-¡Te prohíbo que trates así a mi amigo!

-Mamá, mamita, soy abogado, ¿no? El acto de apropiarse de esa niña en base a un
engaño es ilegal. ¡Es lo más parecido a un secuestro!

-¡Miguel firmó papeles!

-¡Con mala fe manifiesta!

-¡No me hables como abogado!

-¡Te estoy hablando como abogado! ¡Ese caballero corre peligro de ir a la cárcel!

-Nadie va a la cárcel por un acto de amor, señor abogado. Y en todo caso me supongo
que tendrás la caballerosidad de defenderlo.

-¡Que no me lo pida!

-¡Te lo pido yo!

-Mamá, mamá, mamá. Esto no tiene sentido. Se supone que si no hay grandes líos la
tienes que criar.

-¡Ésa es la idea!

-¿Hasta cuándo?

-¡Hasta que crezca y se case!

-¡Mamá!

-¿Qué?
-¡Tienes 78 años!

-¿Qué te pasa? ¿Me estás condenando a muerte?

-Es que matemáticamente...

-¡En los actos de amor no hay matemáticas!

-Veo que estás metida hasta en las narices con esto. Entonces te hablaré como hijo.

-¡A ver con qué trampa me sales!

-¡Dije como hijo!

-¡Un hijo abogado!

-No. No. No, mamá. Sólo como hijo.

-Está bien. Te oigo.

-¡No sos injusta con tus nietos?

-¿Qué estás diciendo?

-Los chiquillos se sentirán heridos. La abuela ocupándose de una beba extraña, se
sentirán celosos.

-¡Se sentirán felices!

-¡Yo soy el padre!

-¡Y yo soy la abuela! ¡Se volverán locos de alegría con la nueva tiíta!

-¿Tiíta?

-Sí la adopto será tu hermana, ¿no?

-¡Si la adoptas! Jesús mío, mamá. ¡No tienes la más mínima posibilidad de que te la den!
¡Hay otras parejas jóvenes que esperan! ¡Además sos soltera!

-No será una novedad. Cuando te concebí y crié, también era soltera.

-Mamá... ¿No puedes pensar con lógica?

-¿Qué es la lógica?
-¡Que las cosas sean como deben ser!

-¡Entonces me das la razón!

-¿Cómo que te doy la razón?

-¡Lo lógico es que una niña tenga madre!

-Estás jugando con las palabras, mamá.

-Y vos estás jugando con mis sentimientos, hijo. Parecés un totalitario. Primero me
amenazás con la cárcel, después me chantajeás con mis nietos, me sugerís que no voy a
vivir para ver señorita a la beba. ¿Creés que te estás portando bien?

-¿Puedo entrar? -es don Miguel que ha asomado en la puerta de la casa.

-Bienvenido, Miguel.

La expresión de Raúl es pétrea, enfurruñada. Don Miguel queda desconcertado al verlo.

-Es mi hijo -dijo Sara, presentándolos.

-Mucho gusto, joven.

-Digo lo mismo, pero me hubiera gustado conocerlo en otras circunstancias, caballero.

-Comprendo. ¿Me permite?

Entrega un paquete bastante grande a Sara.

-Es lo que pediste.

-Claro, es para la beba.

Se lleva el paquete adentro, con evidente intención de dejar solos a los dos hombres.

-Usted tuvo una participación muy irregular en este asunto, señor.

-Ciertamente, tiene razón, joven.

-Entonces ayúdeme a deshacer este entuerto.

-Parece que no ha aprendido a conocer a su madre, joven. Se lleva todo por delante.
Incluso a mí.

-Pero han hecho algo casi ilegal.
-Así lo entiendo.

-¿Y no teme a la sanción?

-En verdad, no. Será un gran chiste que el juez me condene a diez años. No voy a poder
cumplir la pena. Pero no se aflija por su mamá. Yo asumiré toda la responsabilidad.

-No puede, ella es cómplice, tan culpable como usted.

-¿Sólo ve este asunto en términos jurídicos, joven?

-¿Quiere dejar de decirme joven? Tengo mis años.

-Esta bien, doctor.

-No tan doctor, sólo quiero la paz para mi mamá.

-Quiere la paz para su mamá, y está impidiendo que sea feliz.

-¡Que sea feliz!

-Por un corto tiempo.

-¿Cómo dice?

-Los parientes pueden aparecer en cualquier momento. Y la verdad puede saltar y
golpear de repente. Como por ejemplo el lunes.

-¿Qué va a pasar el lunes?

-Estamos citados en el Tribunal -extrae un papel del bolsillo-, está dirigido a Miguel
Velázquez y señora.

-Miguel Velázquez soy yo. La señora no existe.

-¿Qué he oído sobre Tribunales? -decía Sara, que regresaba a la salita.

-Que tenemos que comparecer el lunes.

-¡Como marido y mujer! -agregó con furia Raúl.

Sara se puso a temblar, su voz se quebraba.

-¿Tan pronto? ¿No eran que los jueces olvidan? ¿Que los expedientes se extravían por
años? ¿Por qué a nosotros? ¿Qué daño hemos hecho? -dirigiéndose a don Miguel exclama-:
¡Necesitamos un buen abogado!
-Yo soy abogado, mamá.

-¡Estás descartado!

-No, mamá, les acompañaré. Les acompañaré, aunque sea para suplicar clemencia.

-¡Clemencia! ¿Dijiste clemencia, hijo?

-Para ustedes dos, naturalmente.

-¿Y para la niña? ¿Quién pedirá clemencia, Raúl? ¿Ya no es suficiente nacer sin madre y
sin padre conocido?

-Estaré allí, de todos modos -dice enérgicamente Raúl y, tras una inclinación de cabeza a
don Miguel, se marcha.




Capítulo XIV
Grandes nubarrones encapotan el cielo de domingo. No obstante, don Miguel y Sara han
ido al Parque Caballero. La niña -Sara aceptó el nombre de Aurora- duerme entre rasos en
un cochecito de muñeca. Sentados en un banco, Miguel y Sara se sumen en sus
pensamientos. Mañana es lunes, piensan los dos.

-¡No me quitarán a mi bebé! -dice Sara por dentro.

-Mañana termina la comedia -reflexiona don Miguel-. No voy a decir que no tema a la
cárcel, pero si la ancianidad sirve de algo, que sirva también de atenuante, por esta vez. La
gente joven acostumbra a pensar que vejez es chochez. Dirán que fueron cosas de chochos
como quienes dicen que son cosas de niños, y allí terminará todo. Pero me duele Sara. Ha
tomado en serio la cuestión. Si se llevan a la beba quedará hecha trizas.

Una joven vestida de buzos rojo y pantalones largos va trotando y sus cabellos castaños
atados con un lazo flamean al viento. Más atrás un muchacho, y otro, y otro.

Un chiquillo gordo y rubio se apoya en el cochecito de Aurora y mira a la niña dormida.
Trata de tocar con las manitas la cara de la bella durmiente. La joven madre lo aparta.

-¡No toques a la nena que sus abuelitos te van a dar chas-chas -le dice a su hijo.

-¡Váyase a la mierda! -explota Sara.

La madre joven no oculta su expresión consternada y se aleja.

-Has tratado muy mal a esa chica -le reprocha don Miguel.
-Lo sé -lagrimea Sara- es que le tengo envidia.

-Sara, ya viviste lo tuyo.

-Viejo idiota, nunca se termina de vivir.

Dolido por el insulto, don Miguel calla.

-Perdón -susurra Sara.

-No es nada, lo atribuyo a tu estado de ánimo.

-¿Tienes que ser siempre tan conformista?

-Sé cuando hay que luchar y cuando hay que resignarse. Eso es todo. Y lo deberías
aprender vos. Suelo oír a los oradores que los cielos políticos terminan. Los cielos humanos
también.

-Yo tengo ganas de luchar.

-Está bien. Lucha. Acaso eso haga menos amarga la derrota.

-¿Crees que nos la van a quitar?

-En ningún código del mundo existe la razón para que la dejen contigo.

-Con nosotros.

-Está bien, con nosotros. Es nuestra aventura, desde luego. Nuestra manera de dar un
sentido a nuestras vidas, perfecto. Pero es como jugar básquetbol con una pompa de jabón.

Sara calla. Miguel medita. Al pie de la alta palmera el césped es más verde y el trébol
más abundoso, apiñándose contra el tronco. Los eucaliptus han sangrado cristales.
Hormigas frenéticas van y vienen oliendo la tormenta que se acerca. Chicas y muchachos
trotan tras la perfección atlética. Todo es vida -piensa don Miguel-, hasta en el cielo, donde
los relámpagos viven un segundo y estallan en otro. Parecida a la vida humana, que dura
segundos en la vasta eternidad. Segundos o años, el tiempo lo condiciona todo... y nunca se
detiene. Y nos arrastra.

-Vamos, parece que va a llover.

-Vamos.

Como una pareja joven, ella alza en brazos a Aurora, Miguel, diligente, pliega el
cochecuna y lo deposita en la baulera del auto. Sara se acomoda en el asiento, Aurora llora,
ella la mece y le susurra el rumor de su corazón. Miguel pulsa el botón de arranque.
-No aceleres tanto, que Aurorita se asusta.

-Está bien, perdona.

Maneja suavemente, llegan a la casa de Sara.

-Mañana paso a buscarte -dice Miguel.

-Está bien -responde Sara.

Desciende y sin decir adiós entra corriendo a su casa, como una loba que lleva a su
cachorro a la seguridad de su cubil.

Don Miguel enfila hacia la avenida, olvidándose de que lleva el cochecuna en la baulera.




Capítulo XV
El juez resultó jueza, como descubrieron cuando el secretario los invitó a pasar. Sara
insistió en llevar en brazos a Aurora, insistiendo en que «si ve a la beba el juez se
enternecerá más. A lo mejor es un abuelo».

-Secretario, no hace falta que tome nota, esto será informal.

Tiene el rostro severo de una solterona, pensó Miguel.

Parece machona -pensó Sara.

La magistrada les invitó a tomar asiento.

-Su Señoría... -empezó a decir Miguel, sin estar seguro de que ese es el trato protocolar.

-¿Miguel Velázquez?

-Lo confieso. Y la señora es...

-Ya la conozco. Estuve charlando ya con su hijo. Me informó de todo. Fuimos
compañeros de facultad, y en homenaje a eso, trataré de ser justa.

-¡Gracias, señora! -exclamó Sara.

-Justa hasta el límite de lo posible. Olvidaré la forma irregular que utilizaron para
hacerse de la beba. Lo importante es el bienestar del bebé.

-¡Eso, eso, eso! -dijo entusiasmada Sara.
-Señora, el bienestar de la beba no pasa por su contento, ni por su intención.

-¡Jesús!

-Es duro, pero es así.

-¿Nos la van a quitar, doctora?

-Por el momento no. Me consta que está bien atendida. Que con usted está segura y
protegida... provisoriamente.

-Claro, es lógico, provisoriamente -dijo don Miguel.

-¡Deberías luchar un poco más, Miguel!

-Sé cuando estoy vencido, ya te dije.

-No dialoguen, por favor. Quiero terminar pronto esto. Señora, le concedo la custodia
del bebé hasta que se le encuentre un destino más permanente.

-¿Qué quiere decir?

-Quiere decir que nosotros ya no somos permanentes. Somos viejos.

-No quiero decir eso -respondió la jueza, molesta.

-Está bien, lo dijo con elegancia, Su Señoría.

-La presentarán aquí una vez por semana. Y tal vez reciba la visita de una asistente
social con la misma frecuencia.

-¿Me permite una pregunta, doña jueza? -intervino Sara.

-Pregunte, señora.

-¿Un juez no tiene que mirar las cosas sin prejuicios?

-¡Por cierto, señora! ¿Por qué lo dice?

-Porque usía, o como se diga, está prejuzgando.

-¡Sara!

-¡Cállate!

-Escucharé lo que tenga que decir, señora. Lo que dijo es grave.
-Lo que usted hace es prejuzgar de entrada que una vieja no puede ser madre adoptiva.

-También es soltera, señora.

-Fui soltera cuando crié a su brillante compañero de facultad.

-Pero era joven.

-¡Pero ahora tengo más juicio que cuando joven!

-¡No lo dudo!

-¿Y entonces?

-Enfoquemos el bienestar de la niña. No sólo merece una madre, sino un padre, una
familia. Mire esta pila de expedientes. Son solicitudes de adopción de parejas jóvenes que
no han podido concebir un hijo, y tienen todo lo que un niño abandonado, y sobre todo una
niña abandonada, necesita.

-¡Pero si ella ya me conoce!

-¿Cómo dice?

-Sonríe y patalea cuando me ve.

La jueza sólo sonríe, comprensiva. Los bebés tienen que ensuciar pañales, las viejas
tienen que chochear. Así es la vida. Llama al secretario y le ordena llenar el formulario
número tal.

-¿Para qué el papel? -pregunta aprehensiva Sara.

-Es el certificado de custodia provisoria. Es todo lo que puedo hacer. Y escuche un buen
consejo, señora. Vaya resignándose a ceder a la niña más pronto de lo que cree.

-Doctora...

-¿Sí?

-De mujer a mujer. Todos somos seres humanos. Todos tenemos nuestras necesidades.
Dicen que los pobres jueces se sacrifican tanto y ganan tan poco. ¿No sería posible que por
una suma de...?

-¡Sara, por Dios!

-No se preocupe, señor Velázquez. Olvidaré esa ofensa en homenaje a su edad.

-¿Y por qué no me da un poco de sosiego y paz en homenaje a mi edad?
-Señora, ya he tenido mucha paciencia.

-La doctora tiene razón, Sara.

-Su señoría -dice Sara a la jueza-, ¿es usted madre?

-Esa pregunta es irrelevante, señora.

-¡No es madre! Entonces tiene que... está obligada a... a... a... ¿cómo se dice?

-Inhibirse -completa Miguel.

La jueza sonríe con paciencia resignada.

-Señora, soy casada y tengo dos hijos. Soy mujer y la comprendo. Pero no estoy aquí
para comprender a mujeres, sino para aplicar la ley.

-¡La ley no castiga a los inocentes!

-¿Y quién es el inocente?

-¡Yo! ¿Qué mal hice? ¿Qué delito?

-Mire, señora. Admiro su capacidad de lucha. Firme el registro al salir y retire su
certificado de tenencia provisoria. Es todo, buenos días.

-¿Nos está echando?

-No. Nos está despidiendo cortésmente -le dice don Miguel y se la lleva del brazo.

-Es mala, se le ve en la cara. Ni siquiera miró a Aurorita. Le importa un pito Aurorita.

-Sara, que te oye el secretario.

-Sí, lo oye. Y sonríe. Sabe que tengo razón. Es mala. Quien sabe cómo le trata al pobre.

Han llegado a casa de Sara. Aurorita duerme en su cuna. Fatigado, don Miguel se ha
derrumbado en un sillón. Sara está agitada.

-¡Necesito un remedio!

-¿Te sientes mal?

-¡Tengo taquicardia!

-¿Te dio algo el médico para eso?
-¡Nunca he visto a un maldito médico! ¿No puedes ir a la farmacia a pedir algo para la
taquicardia?

-¡Claro que sí! El farmacéutico me da unas pastillas. Las tomas y te quedas tiesa. Trata
de controlarte. Aspira hondo.

Sara lo hace exageradamente.

-Me siento mejor.

-Escucha, Sara, he decidido hablar seriamente contigo.

-¡Ese tono no me gusta!

-¿Qué tono?

-¡Tienes el tono de dar la razón a la bruja esa!

Aurorita llora. Sara se levanta como por un resorte, alza en brazos a la beba y le pone el
biberón en la boca.

-Oye, Sara. El biberón se introduce suavemente en la boca del bebé. Vos lo enchufaste.

-¡Estoy nerviosa!

-Y yo sereno, cuerdo, ponderado y realista y me vas a escuchar.

-A ver, dime, dime -mece exageradamente a la niña y pasea alrededor de don Miguel
con pasos nerviosos.

-Existen las leyes de los hombres, ¿no?

-Sí, dale, dale.

-Y existen las leyes de la vida, ¿no?

-Sigue, sigue. ¿Y qué pasa?

-Estamos violando las dos.

-Te entiendo, pero déjame decirte también lo mío. Existen los seres humanos, ¿no?

-Correcto.

-Y las leyes de los hombres y las leyes de la vida son para los seres humanos, ¿no?
-Te sigo.

-La pregunta es: ¿Los viejos hemos dejado de ser seres humanos?

-No, Sara. Pero somos seres humanos de una raza especial.

-Eso sí que es nuevo, y ¿cómo?

-Descartables, por viejos. Has visto lo de la jueza. No podemos asumir el papel de
jóvenes porque lo dice la ley. Y no podemos asumir el papel de jóvenes, porque lo dice la
vida.

-¿La vida de quién?

-De Aurorita. Ella tiene derecho a forjarse un destino. A nosotros no nos alcanza el
tiempo para dárselo.

-No entiendo qué quieres decir con eso, Miguel.

-Que me retiro de este demente asunto, Sara. Me duele en el alma, pero ya no cuentes
conmigo.

-¡Miguel! Ah, sí, ya sé, tienes tu salida de emergencia: «Yo sé cuando estoy vencido».
Pues señor, cuando yo estoy vencida, no me siento vencida.

-Lo lamento, por vos y por mí. Pero lo peor que le puede ocurrir a un hombre de mi edad
es... no sé cómo decirte...

-¿Hacer el ridículo?

-Algo de eso.

-Entonces puedes irte.

Don Miguel se levanta, no encuentra la forma de despedirse, Sara le facilita.

-Se dice simplemente adiós -le dice.

-Entonces, adiós -responde Miguel.

-¿No te despides de Aurorita?

Don Miguel, con la cara crispada por un llanto que ya no tiene lágrimas, pasa una mano
sobre la cabecita durmiente, y se marcha.
Capítulo XVI
Con alarma de Marcelina, don Miguel se negó a almorzar ese día. Hizo apenas una
breve siesta. Cuando despertó, deseó hablar con alguien. Llamó por teléfono a su hija, la
esposa del arquitecto que soñaba convertir su último vergel en un monoblock. Su hija le
dijo que estaba saliendo para la guardería y que volvería tarde, porque tenía una reunión de
madres. Entonces llamó a su hijo, el economista que trabajaba en el Banco Central, donde
la encargada de la centralita le dio cuatro números diferentes y no lo encontró en ninguno.
Entonces decidió salir. Salir a ninguna parte, pero salir. Cuando se vestía su nuevo traje
ambo de invierno, porque julio había llegado y hacía frío, se decía a sí mismo «que la
soledad ha regresado. Fue un intento de fuga, compañero, pero tropecé contra los alambres
de la realidad de los años y de la impotencia. Todo fue una mascarada, una comedia. Sara
llevó las cosas más allá de lo posible, y más allá de lo posible está lo imposible, o el
ridículo». Ya vestido, se asomó a la ventana mirando el enorme y sombrío patio de su casa,
llorando llovizna de julio. «Tiene la tristeza de un cementerio -se dijo-, la arboleda está
triste, como si presintiera que este invierno llegó para quedarse. Las hojas envejecerán y no
habrá flores y renuevos de primavera. Los pájaros morirán ateridos. Las flores ya no
acudirán a su cita con el sol y con el rocío. Ya no habrá azúcar para los frutos ni polen para
la miel. Se alegró de haber ido postergando la incursión a los abandonados pisos altos,
donde los muebles seguirán empolvados y las bombillas quemadas y las ventanas cerradas,
con los cuartos vacíos acumulando pasado y los corredores mudos a los ecos de los pasos.
Recordó que muchísimo tiempo atrás, cuando se sentaba en esa misma ventana para leer los
diarios, del piso alto llegaba el rumor de la máquina de coser de Cristina. Tomó entonces
conciencia de lo que significaba aquel ruido de engranajes. Dickens había descrito hogares
a los que el canto de los grillos ponía música y vida. Su viejo hogar se arropaba en el rumor
vivo y hacendoso de la máquina de coser de Cristina, y de esa máquina de coser salía la
música y el ritmo del contento y del sosiego, del vivir, amar y no pensar en el porvenir, o
concibiéndolo como una interminable continuidad del goce, como si la juventud fuese
inmortal, y el tiempo un buen amigo que ofertaba su variedad de estaciones. Verano para
los juegos de los niños con la manguera de regar, otoño para quemar las hojas doradas
caídas de los árboles produciendo una humareda perfumada. Invierno para el recogimiento,
la tibieza de la frazada poniendo complicidad al acto de amor, y la primavera para sentarse
en el patio y oír el crujido reventón de la savia en los troncos y el festival de verde tierno en
el follaje, la exploración de la abeja de alas tornasoladas, el ir y venir del gorrión llevando
hilachas para su nido, el apiñamiento de los hongos en torno al tronco podrido, como una
aldea de duendecillos traviesos.

Pero la máquina de coser estaba muda. Y él se había vestido para salir no sabía dónde.

Sacó el Buick del garaje y enfiló hacia el centro, manejando con mucho cuidado, porque
últimamente había sentido algunas lagunas mentales, como una fuga de la realidad o un
sumergirse en ensoñaciones. Estacionó junto a las plazas aledañas al Palacio de Gobierno,
que hacían de mirador para la actividad de la playa Montevideo, donde la flotilla enana del
pequeño comercio fluvial entraba cuidadosamente con su carga de bananas, naranjas y
tarros de miel, y partía con pasajeros confiados en la podrida madera de las lanchas y en la
asmática eficacia de sus ruidosos motores.
-Es curioso que donde se mire, aun bajo esta llovizna que parece un sudario, viva la vida
con tanta intensidad. Hasta en el niñito sentado en un cajón de manzanas y envuelto en un
rebozo viejo, con el moco verdoso colgando de las narices, es vida. Vida el olor del chipá
so'ó. Vida la chamusquina de tiras de carne sobre el brasero de carbón, vida el tablón
elástico que unía los barquitos a tierra. Vida el agrio olor del vómito del borracho, y vida la
increíble fuerza del mocetón transitando sobre los tablones y descargando pesos imposibles
sobre sus hombros.

Se desplazó caminando por el trozo inacabado de la Costanera. Y allí estaba esa otra
realidad del herrumbroso astillero con la gran basura de hierro y madera arrojada por el río.
Barcos muertos, maderas podridas, ciclópeas cadenas y superlativos molinetes que ya no
arrastrarán nada ni empujarán embarcaciones rejuvenecidas al agua. Todo aquello, los
puntales carcomidos, el barro podrido, el engranaje comido por el óxido, la haraposa mujer
cocinando allí donde alguna vez fue el puente del Capitán le arrojaba a la cara una
sensación de derrota terminal, la misma que iba invadiendo su corazón, su mente y su
visión de la existencia que se le iba esfumando hacia un horizonte perdido, hacia un
desierto de tártaros donde sólo la arena existe para testimoniar la existencia de una nada
interminable, infinita.

-Vaya, Miguel -que te has vuelto pesimista se dijo a sí mismo- tienes ante ti la dualidad
de la vida y de la muerte, y optas por la muerte. No, por la muerte no. Por la extinción de
todo lo que es válido para la vida. Estos barcos no están muertos, se van extinguiendo. No
pueden rebelarse y soltar sus cadenas y deslizarse sobre sus rodillos al agua, porque el
hierro desnudo no flota y los motores tienen pistones muertos y cilindros comidos. Pobre
barco que viviste rompiendo correntadas con tu proa afilada, adelante, siempre adelante.
Pero ahora ya no existe adelante, solo la quietud de la agonía. Eres como yo, pobre viejo
barco. Si te lanzas al agua no es aventura, sino locura, como lo que pretendimos hacer con
Sara. Volver sobre los pasos andados y reconstruir el río que ya no existe en la geografía de
nuestra edad. Pobre Sara, querida Sara. Te he dejado sola, navegando hacia el puerto que
no está donde debe estar, porque la ilusión no tiene puertos a nuestra edad, sino espejismos
que tienen la consistencia de la espuma.




Capítulo XVII
Un matrimonio joven había venido acompañado de una asistente social a ver a la beba.
Estaba gestionando su adopción. La joven mujer había alzado en brazos a Aurora y la
arrullaba enternecida. «La quiero, José, la quiero», le repetía a su marido, y éste consentía
sonriendo. La asistente social sentía pena porque veía la pena de la vieja señora ilusa. Sara
quería destrozar a los tres con las uñas y los dientes. Pero últimamente se había vuelto más
pasiva. Desde que Miguel se fuera, su instinto combativo y su rebeldía habían perdido
mucha presión. Cuidaba a la niña con infinito, desesperado amor, pero ya sentía una
sensación de derrota que la volvía cada vez más indiferente, más encerrada en sí misma, y
apenas tenía fuerzas para responder a los maullidos de Lenin y Gorbachov reclamando su
trozo de hígado. Bush, totalmente abandonado, había sentado sus reales en el almacén de la
esquina, donde un chino le había tomado cariño y lo alimentaba, o lo estaba engordando
para comérselo. Las visitas de Raúl se hicieron más frecuentes. Le miraba la cara, los ojos
apagados, o rojos de llorar a solas, y se mostraba preocupado. La cara vieja se había vuelto
más vieja, los hombros estaban más encorvados. Dijo que «mamá, harías bien en consultar
con el médico». Ella contestaba que sí, «que me iré mañana». Y nunca iba. Para qué, si
pronto se llevarían a la niña y se sentaría a morir. No reprochaba a Miguel.

-Fue un hombre prudente, serio y ponderado toda su vida -decía Sara- y es justo que
haya protegido su vejez del ridículo y de la deshonra. Pero yo soy mujer, no me importa el
ridículo y no hay moral en el mundo que deshonra a una madre que ama. Sé que voy a
perder. Aurorita hasta le sonrió a esa flaca huera que no puede tener hijos y quiere llevarse
a mi beba. La ley está de su parte. La justicia le oferta la reivindicación de sus ovarios
difuntos. Dios, que mal me siento. Y no debería ser así. Tengo mis nietos, los amo, pero me
imponen el papel de abuela. Abuela es ser vieja y no quiero ser vieja, quiero mi ilusión de
juventud y de porvenir siendo madre. Es injusto para los chicos -dijo Raúl-. Pero también
es injusto para mí, porque la vejez nos quita juicio pero no nos quita deseos. La vejez es
una condena a muerte y a los condenados se les otorga el último deseo. Aurorita es mi
último deseo. Virgen María, cómo necesito a Miguel. No debo cavilar tanto, porque cuando
cavilo me viene ese desmayo que me aleja del mundo. No sé si dura mucho o poco, pero la
última vez, cuando volví en mí, Aurorita lloraba, acaso de hambre. Raúl tiene razón, debo ir
al médico.

En el otro extremo de la ciudad, Raúl se había llegado a la casa de don Miguel, que lo
recibió en la gran -demasiado grande- sala de su casa.

-No tengo más remedio que molestarle, don Miguel.

-¿Se sirve una copita, doctor?

-No, trataré de ser breve.

-Le escucho.

-Me preocupa mi madre. Declina muy rápidamente.

-¿Cómo es eso?

-Se advierte muy claro cuando los viejos ya no tienen ganas de vivir.

-¿Es por la niña?

-Fundamentalmente por eso. Existen dos matrimonios interesados en su adopción,
cualquiera de ellos pueden llevarse a la niña en algún momento. Será muy traumático para
ella. Necesitará mucho apoyo.

-Tiene el suyo, de su hijo.

-Necesitará el suyo, de su amigo.
-¿Me está sugiriendo usted...?

-No le estoy sugiriendo. Le estoy rogando.

-¿Pero qué está haciendo usted por su madre?

-Llámele una traición, pero soy abogado de uno de los matrimonios que quieren adoptar
a la nena.

-Sí que es una traición.

-Lo hago gratis, con la condición de que dejen ver a mi mamá a la niña de vez en
cuando. Pero eso no alcanzará, mamá la considera suya. Me preocupa su salud. Tendré
también que hablar con su médico.

-No tiene médico.

-¿Cómo dice?

-Nunca va al médico. Usted le da dinero para el médico, me consta, pero ella se lo gasta
con la alegría de una niña en vacaciones.

-¡Dios mío! Esto es más grave de lo que pienso. Puede estar enferma de cualquier cosa,
a su edad, y sea lo que fuere lo que tenga, explotará si le quitan la niña.

-Entonces procure que no le quiten la niña.

-¡Es imposible!

-La jueza es su amiga. Pídale la vida de su madre. Ah, sí, no hay en los códigos un
artículo que impida la muerte por amor.

-No tiene derecho a ser duro. Usted inició este loco asunto.

-Es cierto. Quizás debo pensar en la forma de sacarla de él.

-No hay forma. La niña se irá. Ella quedará en un estado depresivo que a su edad...

-Realmente, le faltará un apoyo.

-Le estoy rogando el suyo.

-Haré algo. Primero fui un flojo para permitir que esto comenzara. Ahora me siento
cobarde al haberla abandonado. La niña debe quedarse con ella, y usted me ayudará.

-No hay ley...
-Sí hay ley. ¿Qué me dijo de dos matrimonios que están gestionando la adopción?

-Que sí, dos matrimonios.

-Dígale a la jueza ésa que apunte un tercer matrimonio interesado.

-¿El de su hija, don Miguel?

-No, el mío. Me casaré con su mamá, doctor.

-¿Quéééé?

-No puede oponerse.

-No me opongo, sólo que lo considero la locura mayor en esta cadena de locuras.

-Gracias por decirlo. Estaba olvidando que la locura es la cura de la soledad.

-Pero no fantasee, don Miguel. Aun casado con mi madre, están en desventaja frente a
matrimonios jóvenes.

-Pondremos un buen abogado.

-¡Debería ser un genio!

-No, deberá ser usted.

-¿Yo? ¡No soy un genio, don Miguel!

-Es amigo de la jueza, y no me hable de ética, porque le doy un sopapo.

Poco después, Raúl salía de la casa tan desconcertado y confuso, que olvidó dónde había
estacionado el auto.

Por su parte, con una sensación extraña de júbilo, liberación y delirio, don Miguel subió
a los pisos altos. Y se pasó la tarde abriendo ventanas, sacando polvos añosos con una
aspiradora y reponiendo bombillas quemadas.

Finalmente, llamó a un mecánico por teléfono:

-Tengo una máquina de coser Singer que desearía me la haga funcionar de nuevo.




Capítulo XVIII
Sara lo supo por su propio hijo. Miguel quería casarse con ella, para luchar con mayores
posibilidades por la adopción de Aurorita. La mañana que recibió una esquelita de Miguel
pidiendo permiso para visitarla esa tarde, dejó a la niña con una vecina y salió disparada al
instituto de belleza de aquella buena moza tan simpática, la que tenía un amante para el
lecho y un amado para el corazón.

-Póngame hermosa -le dijo a la joven-, un caballero va a venir a pedir mi mano.

Loca, pero inofensiva -se dijo la joven-; sigámosle la corriente.

-¿Es el mismo señor de aquella cita?

-El mismo -rió Sara-; figúrese, entre los dos tenemos más de ciento cincuenta años.

-¿Un romance antiguo?

-No. Es reciente. Lo que ocurre es que queremos tener un bebé.

-Y claro, señora. Para tener el bebé hay que casarse.

-Exacto, jovencita. No repare en gastos, tinturas, cremas y todo eso, niña.

La joven sintió vergüenza de sacarle dinero a una pobre loca. Puso todo su empeño y
sabiduría en dar un poco de colores de vida a aquella cara tan comida por el tiempo. «Sólo
le cobraré los productos, pobrecita», se prometió.

Cuando terminó, Sara se miró con satisfacción al espejo.

-No parezco precisamente una novia adolescente -dijo- pero él tampoco es un chiquillo.

-Espero que sean felices, señora.

-Puede apostar que lo seremos. El bebé costará un poco de trabajo, pero lo
conseguiremos.

Vaya que van a tener mucho trabajo -pensó la jovencita y le cobró como se había
propuesto. Sólo los productos-. Ojalá yo no llegue a vieja con esos desvaríos -rogo
mentalmente.

Más tarde, había llegado Miguel. Tomaron té, hablaron de intrascendencias. Recordaron
canciones antiguas. Por fin, don Miguel se decidió y se puso de pie, ajustando el saco sport
que había vestido para la ocasión.

-Mi querida amiga Sara -dijo solemne-, tengo el honor de pedir tu mano.

Sara simuló considerarlo muy seriamente.
-¿Sí o no? -urgió Miguel, que quería terminar el asunto lo más pronto posible.

-Es la primera vez en mi vida que piden mi mano -respondió Sara-, debo considerarlo un
poquito.

-¿Considerar qué?

-Me pareces un poco viejo.

-¡Sara! -reprochó Miguel.

-¡Está bien! -exclamó Sara, abrazándolo-. Lo acepto de todo corazón.

Sellaron el compromiso con un roce fugaz de los labios.

Salieron al paso algunos problemas. «El pobre viejo necesita compañía», dijo el hijo
mayor de Miguel, economista del Banco Central. Pero la hija reaccionó de manera distinta.
Habló con su padre y su filípica abundó en palabras como «ridículo», «grotesco», «senil»
«increíble» y «farsa», alentada por el marido arquitecto que soñaba convertir la añosa casa
quinta en un monoblock. La joven mujer se tranquilizó algo cuando don Miguel expresó
que inmediatamente después del matrimonio haría separación de bienes y el monoblock se
levantaría cuando él fuera a la tumba.

Por el lado de Sara, la cuestión provocó una seria pelea conyugal a Raúl, cuya esposa se
espantaba por la «quemada social» que el casamiento atraería. Y para peor, cuando se
enteró de que su suegra (la abuela de mis hijos) iría a vivir con un anciano en su casa, juró
que nunca más vería a sus nietos.

Algo aplacada la tormenta familiar, se realizó la ceremonia civil. Asistió Raúl como
testigo de su madre y Hernando, el hijo economista de Miguel, como testigo de su padre. A
ruego de la esposa de Raúl se descartó la ceremonia religiosa.

-Desde luego, no pensábamos en eso -explicó Sara-; no quiero oír eso de que «hasta que
la muerte nos separe». Me dará escalofríos en la nuca.

La mudanza incluyó a Lenin, Gorbachov y Bush, que abandonó a regañadientes a su
amigo chino. Pero Sara casi no llevó muebles, pues los había vendido a los coreanos de la
otra acera.

Tuvo tiempo de llevar de obsequio a la chica de la peluquería un hermoso abanico de
varillas de marfil que había sido de su madre.

-Usted me ha dado suerte -le dijo a la estupefacta joven y se marchó a la carrera.

Aquella primera noche, sintió cierta vergüenza al ver que don Miguel salía del baño
vestido ya en piyama. Lo miró acostarse en la gran cama matrimonial. Tomó nota de que no
se acostaba en el centro de la cama, sino a un costado, dejando el espacio vacío que le
correspondía a ella.

Fue a su vez al baño, llevándose su enorme camisón.

-Parece el camisón del Papa -se dijo, pero se duchó y vistió valientemente el camisón.

Llegó al lecho y se acostó y se tapó hasta la barbilla. Don Miguel había hecho lo mismo,
y apagó la luz. La obscuridad era total. Los dos, callados, los ojos fijos en el techo invisible
en la oscuridad. Y fue ella quien rompió el silencio.

-¿Probamos?

Probaron.

No pudieron.

Fue la primera y la última vez, aunque ella, con el viejo instinto femenino, le consoló.

-No te preocupes. Es porque estás nervioso.

Y la hombría de él quedó a salvo.

A la mañana siguiente, después del desayuno, él fue a abrir su ventana favorita, en el
piso bajo, aquél que daba hacia la planta del guayabo y el naranjo. Abrió de par en par las
ventanas. Y quedó tenso. Del piso de arriba venía el ruido de los engranajes de una
máquina de coser, y el llanto de Aurora.

Se golpeó el pecho y quiso lanzar un grito de Tarzán, pero le dolió la garganta.




Capítulo XIX
Sara dormía aún cuando en la mañana salió de la ducha, se vistió y sacó el Buick del
garaje.

Enfiló por la avenida sintiendo una sensación de bienestar acorde con el silencioso,
eficientemente funcionamiento del pesado vehículo.

-¡Jesús! Voy a setenta por hora -murmuró al mirar el velocímetro, y redujo el andar a los
prudentes cuarenta kilómetros de siempre.

-¿Qué me impulsó a correr así? -se preguntó a sí mismo, y la respuesta surgió de
inmediato. Me siento eufórico, como si hubiera tomado vino.
Euforia de recién casado -se dijo- aunque a mi edad la cosa resulta algo inapropiado.
Pero no importa, no siempre lo apropiado es lo apropiado. La cuestión radica en la
presencia de una alegría nueva, o olvidada, que hizo que cantara esta mañana mientras me
afeitaba, como si tuviera nuevamente 25 años y estuviera entrando en los umbrales de un
porvenir inaugurado. Todo apariencia, claro. No tengo 25 años y el porvenir no existe. Pero
existo yo, existe Sara, existe la niña y hemos tenido, si no la bendición nupcial de un cura,
el pomposo voto de ventura de un juez de paz. Y ya me ven gente, soy un recién casado,
algo euforizante si se descarta lo grotesco del asunto, que no deja de ser real porque sea
grotesco, sino todo lo contrario, señores míos, pues lo grotesco al fin, acentúa la substancia
de la realidad misma. Jesús, yo me entiendo.

Ingresó al centro de la ciudad y aparcó el automóvil bajo la sombra de un lapacho, echó
llave al vehículo y se adentró en la Plaza Uruguaya, donde siempre iba a terminar sus
vagancias porque ese espacio verde y apiñado le atraía desde su juventud, pues adivinaba
en él como una síntesis de la humanidad, con sus deplorables prostitutas volcadas sobre la
acera que daba a la estación del ferrocarril, a la espera de soldados de licencia o de
campesinos de dineros atados en pañuelos que venía a acabar su paciencia y su dinero en el
trámite inagotable del título de propiedad. Y en la acera opuesta, sobre la calle presuntuosa
y movida, la gran feria de libros, la luz de la sabiduría ofertada en competencia a la oferta
de la carne cansada para el placer mínimo o la sífilis o el sida. Entre las dos aceras
principales, la plaza arbolada, con sus bancos propicios al reposo del vago o del vencido,
para el comercio escuálido del fotógrafo ambulante y para la tentación de millones de las
flacas vendedoras de loterías que no lograban vencer la apatía de los jubilados que ya
habían aprendido a descreer de todo, hasta de la suerte. Aloja helada de lima, mosto de caña
chupado por los mínimos trapiches, chipás de almidón o de maíz y empanadas goteando
aceite quemado. Y gente, gente sin norte, exiliada voluntaria en esa manzana verde donde
todo se reducía a vivir y sobrevivir, como en un territorio donde olvidar la voluntad y
transformar la libertad en una siesta inacabable.

En un banco dormitaba un hombre viejo, con un rostro de músculos flojos que parecían
diluir sus facciones. Es como si la cara se le cayera de vieja, pensó don Miguel pero se
sentó a su lado, hambriento de comunicación y participación, que es parte de la euforia.

-¡Lindo día! -dijo.

-Es un día como todos -respondió el otro-, no veo razón alguna para que un día sea
mejor que el otro.

-Es que para mí es un día especial. Me casé ayer, ¿sabe?

El anciano lo miró con esa mezcla de compasión, malicia y temor que provocan los
dementes. Pero al fin decidió que si loco, aquel caballero que olía a loción de afeitar era
inofensivo y no se tomó el trabajo de marcharse a buscar otro bando donde seguir
ejerciendo su soledad.

-¿De veras?
-Sí, señor. Me casé.

-Pues yo le estoy esperando a mi novia para ir a tomar chocolate. Tiene 18 años que
parecen 18 quilates y estudia computación en Columbia.

-¿No me cree?

-No me parece razonable creerle. Ahora bien, si usted es feliz creyendo que se casó ayer,
no me opongo. Después de todo, yo estoy en la edad en que no vale la pena el esfuerzo de
oponerse a nada.

-Bueno, después de todo, es razonable que no me crea.

-Pero... ¿se casó o no se casó?

-Me casé.

-Supongo que con una jovencita de abundantes curvas y piel de terciopelo y mullidos
muslos adornados con una pelusa dorada.

-¿Me cree un vicioso?

-No. Usted y yo ya no podemos darnos el lujo de servicios. A lo sumo de tener
pensamientos viciosos. Yo daría lo que me queda de vida por una buena erección para
aferrarme a la primera puta que pase.

-No me casé con una jovencita sensual, señor mío, sino con una respetable señora de mi
edad.

-No veo la razón para correr a comunicarle al primer desgraciado a la vista. ¿Qué
quiere? ¿Que lo aplauda? Si lo suyo es una fantasía, es absolutamente enfermiza. Si
realmente se casó con una vieja, es lo más absurdo que pueda pedirse. Y... repugnante.

-¡Es usted ofensivo, señor!

La euforia de don Miguel se iba convirtiendo en ira.

-Mire, señor mío -decía el otro-, yo no pido otra cosa que estar en paz. Y vengo aquí a
buscar paz porque en mi casa, que ya no es mi casa, molesto a mi hija y me molestan mis
nietos. Encuentro en este banco de esta plaza la maravillosa fórmula de no pensar para no
sufrir, y de repente aparece usted, perfumado e inoportuno, a romper desconsideradamente
mi amada y sosegada monotonía, con la noticia consternante de que ha contraído
matrimonio con una vieja. Y disculpe el tono oratorio, pero no puedo olvidar que alguna
vez enseñé filosofía en la facultad, en otro tiempo perdido al otro lado de la memoria.

La ira de don Miguel se había diluido en poco, y era reemplazada por un sentimiento
larval de compasión.
-¿Así concibe usted la vejez?

-¿Cómo concibo la vejez?

-Lo ha dicho, señor. Tiene algo de masoquismo. Entregarse a la soledad para no pensar
ni sufrir. Pero mi estimado señor... ¿no es la soledad un largo suplicio?

-Digamos que es el menor de los suplicios de la vejez. Nos da espacio y tiempo para
ejercer el desencanto, que puede ser un placer masoquista, pero nos mantiene vivos.

-¿Sabe que lo compadezco, señor?

-No menos que yo a usted, caballero. Si se casó realmente, lo suyo es un pobre sustituto
de la soledad que trae en ancas un sentimiento de vergüenza que...

-¡Yo no siento vergüenza alguna!

-En buena hora. Yo sí tendría vergüenza.

-¿No piensa rebelarse contra la soledad?

-A su manera no. Y si vamos al caso, de ninguna manera, porque la rebelión es cuestión
de hormonas, de libidos palpitantes y de glóbulos rojos. En la vejez estamos vacíos por
dentro, señor, y la soledad se nos instala sin remedio.

-Ahora entiendo lo del desencanto.

-Es un estado natural cuando ya no se vive, sino se termina de vivir. Usted lucha contra
el desencanto...

-¿Y dónde cree que me llevará?

-No sé. Acaso a otros grados de soledad y desesperación, pero a la victoria, jamás.

Cuando se regresaba camino a casa, don Miguel notó con cierta aprensión que la euforia
había desaparecido.




Capítulo XX
La confitería estaba llena. Era la hora en que las mamás demasiado cansadas o las
mamás demasiado ociosas se reunían a tomar el té, quejarse de las hijas o hablar de maridos
que se resistían a ir el gerontólogo.

-No deja de resultarme algo insólito que me hayas invitado a tomar el té -dijo la jueza.
-Es que tengo malas intenciones -respondió Raúl.

-¿No te parece un poco tarde?

-No se refiere a tu virtud.

-Ya me la dejaste descascarada cuando estudiábamos juntos.

-¿Lo recuerdas?

-Sí, pero no quiero recordarlos. Te aprovechaste de mi inocencia.

-Si mal no recuerdo, ya no eras virgen.

-También un profesor se aprovechó de mi inocencia. Pero eso es pasado. ¿Qué te traes
entre manos?

-Voy a devolver el poder que me dio la pareja de los Ramírez para adoptar la beba en
posesión de mamá.

-Para decirme eso no necesitabas invitarme a una confitería.

-Voy a patrocinar a mamá.

-¿En qué asunto?

-En el de la adopción.

-Pero si está claro que ella, a su edad...

-Mamá se casó.

-¿Quééé?

-Se casó con ese viejo Robin Hood que la ayudó a secuestrar la bebita. Es para ponerse
en condiciones de competir con las otras parejas.

-¡Pero que tontería! Un matrimonio de edad avanzada no está en condiciones de
competir, mirando desde la óptica del bienestar de la niña, Raúl.

-Quiero que mires las cosas desde el punto de la óptica del bienestar de mi madre.

-Raúl, me estás comprometiendo. Se supone que un juez no debe tener conversaciones
privadas sobre una cuestión de su competencia. Y menos con una parte involucrada. Te
estás volviendo a aprovechar de mí, y no te lo voy a permitir.
-Te estoy hablando como amigo, no como seductor.

-Ya no quiero hablar de este asunto. Escucharé todo lo que tengas que decir en los
tribunales.

-No es asunto de tribunales. Es una cuestión de vida o muerte, que me afecta y creo que
sigues siendo mi amiga.

-Los jueces no tenemos amigos.

-Bien sabes que eso es mentira. Desde el Derecho Romano hasta aquí. Abogados y
jueces somos seres humanos. Escucha, hoy se usan computadoras para todo. Hasta las
enfermedades se diagnostican con computadoras. Los planos de grandes edificios se hacen
con computadoras, los archivos, las contabilidades, los costos industriales, el rendimiento
de las máquinas, todo se hace con computadoras. Pero la justicia jamás admitirá las
computadoras, porque no existen microchips que contengan todos los elementos del amor,
de la conciencia, de los infinitos matices del bien y del mal, la comprensión, la compasión,
la projimidad.

-Están los códigos.

-La Biblia es el código supremo. Hace dos mil años que la leemos, estudiamos e
investigamos, y apenas hemos rozado la superficie. Pero está bien, están los códigos. Están
dirigidos a la inteligencia y a la razón, pero el ser humano es también sentimiento. Si sólo
apelamos a la razón y a la inteligencia y descartamos el sentimiento, no somos seres
humanos, sino computadoras humanas, porque estaremos operando bajo el mismo principio
que esas máquinas: sí o no.

-Sos elocuente, Raúl. Pero no me llevas a considerar las cosas de un modo sentimental.

-No te pido que resuelvas nada, sino que lo pienses.

-Lo pensaré, pero no te prometo nada.

-No, prométeme algo.

-¿Qué quieres que te prometa?

-Que lo vas a pensar cuando estén reunidos, vos, tu marido y tus hijos, en la mesa de la
cena. O cuando te levantes a vigilar el sueño de tus hijos, o cuando tu marido te obsequia
un perfume, o te elogia el peinado, o el vestido, o cuando te dice que está orgulloso de su
mujer.

-No veo la relación.

-Si esos momentos piensas en mi mamá, estarás pensando como mujer, madre, ser
humano.
-Vuelvo a repetirte que no prometo nada. Y comprendo tus sentimientos. Pero sólo veo
en vos a un abogado que me pide una sentencia a favor.

-¡No te estoy sobornando!

-¡Me estás chantajeando! Me recuerdas el pasado, apelas a la amistad, me argumentas
con tu amor filial. ¡Estás triturando la ética de la profesión!

-Lo siento.

Evidentemente herido, Raúl se vuelve y llama al mozo. Paga. Lo hace todo con
brusquedad, con enojo inocultable.

-¿Puedo llevarte a alguna parte? -pregunta a la jueza.

-No es necesario, vine en mi coche.

La despedida es fría.

Esa noche, cuando la jueza, su esposo, el muchacho y la niña están sentados en la mesa,
la magistrada cumple inesperadamente su promesa. Piensa en la vieja señora, ahora casada
con el... ¿cómo dijo Raúl? Ah, sí, viejo Robin Hood. Se han aferrado a la niña como si se
aferraran a la vida y...

Con un esfuerzo bloquea su mente. Como siempre, su marido hace ruido al sorber la
sopa. Los chicos discuten. Ella trata de no pensar.

Pero en la noche, ya acostada, recuerda que Raúl venía a su casa a estudiar. En el altillo.
Víspera de examen, y cuando Raúl miró el reloj, eran las dos de la mañana. Se dispuso a
-Reíste de una ventana cerrada, me pareció oír.

Irene enrojeció. Nunca le había sucedido eso de pensar en voz alta.

-Yo también suelo recordar una ventana cerrada.

-¡No sé qué ventana cerrada te refieres!

-Para que no se viera humo desde afuera. Era el chiste de... cada ocasión.

-¿No te parece que estamos yendo muy lejos?

-No más lejos de lo que fuimos antes.

-Eso pertenece al pasado. Es un hermoso recuerdo. Amores de juventud.

-Cuando dices «amores de juventud» pareces una vieja, y no lo sos.

-¿Y cómo soy?

-Una hermosa dama, ¡madurita y en sazón!

-¡Raúl!

-Sólo contesté a una pregunta.

Irene sentía que le ardían las mejillas y el corazón le latía como hacía siglos que no le
pasaba. Hubiera preferido que Raúl le hablara de la demencia de su madre.

Pero al mismo tiempo le gustaba aquello. Además, nada tenía de malo remover
rescoldos interiores y revivir en la inocencia sus incendios del pasado. Raúl, a través de la
mesa, la había tomado de la mano. Trató de retirarla. Raúl apretó más.

-¿Qué estás haciendo, por Dios? ¡Nos van a ver! -dijo ella mirando con temor en
rededor-; ¡suéltame!
-Sólo quiero que recuerdes. Es la misma mano. Decías que te volvías loca cuando te la
pasaba por la espalda.

Liberó su mano de un tirón y se levantó casi de un salto.

-Me voy, Raúl, gracias por el té.

-¿Volveremos aquí...?

-¡No!, es decir, no sé.

Recogió la cartera y se marchó a toda prisa. El mozo, con ese instinto profesional de
todos los mozos de detectar todo, sonrió con picardía cómplice a Raúl, y poco faltó para
que dijera «adelante, macho».

Raúl pagó y salió a recoger su automóvil, y giraba el arranque cuando pensaba que las
cosas que hay que hacer por una mamá atolondrada.

Esa noche, en la cama, Irene besó delicadamente la oreja de su marido. Éste, ya
adormecido, dio un manotazo con el ademán de espantar una mosca. Irene insistió.

-No jodas, Irene, que estoy muerto de cansancio -dijo el médico, y se durmió.

Al día siguiente, en su despacho, Irene había convocado al matrimonio formado por
Romualdo Ortiz y Dina Salcedo de Ortiz, que se presentaron con su abogado, que se sentó
y se mantuvo alejado.

-Los llamé para un interrogatorio de rutina -dijo la jueza-. Ya está en el expediente todo
lo que debiera estar como información, pero necesito una impresión personal.

¿Cómo había dicho Raúl? No somos computadoras humanas. Eso dijo. Había un enorme
territorio de sensibilidades a flor y soterrados entre el sí y el no.

-Consta en el expediente que no pueden tener hijos -continuó la jueza.

-Sí, doctora -dijo Diana-, el certificado médico ya fue presentado. Mi marido es estéril.

El marido se sonrojó un poco. Para su gusto personal, la esterilidad era como la hermana
gemela de la impotencia. Su enorme nuez de Adán subió y bajó cuando tragó saliva. «Vaya
individuo feo», pensó Irene. Después se reprochó: «me estoy indisponiendo contra él».

Hojeó el expediente que tenía delante suyo, consciente de que lo que estaba buscando
era una razón para el no.

-Veo que usted trabaja fuera de casa -dijo a Dina.
-Soy secretaria ejecutiva de una firma exportadora, señora -respondió la joven-, pero ya
hemos previsto que si tenemos a la niña, abandone el empleo.

-Y usted, señor Ortiz, ¿podría mantener decorosamente a esposa e hija con su empleo?

-Tengo más que un empleo, Su Señoría. La renta por el alquiler de dos casas que heredé
de mi madre.

-¿Qué profesión tiene?

-Ya consta en el expediente, Su Señoría.

-Quiero que me lo repita.

-Agrimensor.

-¿Y en qué consiste precisamente su trabajo?

-Bueno, viajo al interior, o al Chaco. Este... mido y determino grandes extensiones de
tierra.

-Eso significa largas ausencias de su hogar.

-No tan largas.

-Nunca estuvo ausente más de quince días, señora -aclaró Dina.

-¿Y usted se queda sola en casa?

-No. Con mi madre.

-¿Ya desvalida?

-De ninguna manera, señora. Tiene menos de 50 años.

-¿Trabaja?

-Es dueña de una granja en Luque. Va allá sólo los sábados.

-¿Y usted se siente preparada para criar un bebé?

-No sé si... -balbuceó desconcertada la joven.

-Con su permiso, Su Señoría -intervino el hasta entonces silencioso abogado.

-¿Doctor?
-Con el debido respeto, Su Señoría es madre de dos hijos.

-Exactamente.

-¿Estuvo preparada para recibir al primero?

-Su pregunta es algo impertinente, doctor, pero lo pasaré por alto. Está bien, doy por
concluida la audiencia. Pueden marcharse.

-Este... Su... señora -murmuró Dina, entre el temor y la esperanza-, ¿tenemos
posibilidades?

-No puedo prometer nada. Repito: buenos días. La pareja se retiró, pero el abogado
solicitó permiso para quedarse. El permiso le fue concedido.

-¿Decía, doctor?

-Con el debido respeto... -siempre empezaba a hablar «con el debido respeto»-, ¿por qué
se dilata tanto el expediente?

-¿Cómo dice?

-Lo iniciamos cuando la niña tenía un mes. Ya debe tener seis.

-Usted sabe que hay dos expedientes más, doctor.

-De todas maneras...

-Buenos días, doctor -le cortó Irene, tajante. El abogado se marchó, pensando que «qué
tipa dura es la jueza ésta». La tipa dura respiró hondo. Miró el expediente. Le pareció
imposible que en esa acumulación de papeles estuvieran todos los elementos del dolor, la
esperanza, la aflicción, y hasta el sentido de la vida de tantas personas. Y también un
conflicto. Un conflicto para su propia conciencia. Un tiempo de explosiva felicidad juvenil
se lo debía a Raúl. Sentía mucha lástima por su madre, y algo de admiración por aquel tieso
y solemne caballero que había empeñado hasta su apellido en una aventura que era como
un desesperado intento de permanecer en el mundo y en la vida. Presentía que mucho más
profundo de lo que pudiera ser una anécdota de dos ancianos casi seniles, subyacía una
rebeldía existencial poderosa y última... e inútil, porque era rebeldía contra la misma
muerte, contra la misma extinción que se acerca inexorable, paso a paso, anunciando su
llegada repicando en la mente del hombre la sensación agobiante de que cada día vivido, es
un día perdido. ¿Qué había dicho Raúl? Claro, sus manos recorriendo su espalda. Cerró los
ojos y sintió aquel estremecimiento, que no se repitió nunca más, que erizaba de placer
cada nervio y contraía cada músculo...

-Señora jueza -se dijo-, usted se está volviendo loca.
Apartó el expediente caratulado «Romualdo Ortiz y Dina Salcedo de Ortiz sobre
Adopción» y atrajo hacia sí el expediente caratulado «José Márquez y Gloria Samudio de
Márquez sobre Adopción» para estudiarlo. Los Márquez tenían audiencia en 30 minutos y
bien valía pasar el tiempo examinando los papeles. El tercer expediente: «Miguel
Velázquez y Sara Adorno de Velázquez sobre Adopción», dormía en el estante más
alejado, con una tenue capita de polvo.




Capítulo XXV
Márquez, en el expediente consta que tienen tres hijos.

-Así es, Su Señoría.

-¿No son suficientes para formar una familia?

-Señora Jueza -respondió el hombre alto, atlético, de pelo gris y claros ojos azules-.
Somos una pareja de creyentes. Hemos recibido con amor todos los hijos que Dios nos
envió. Mi esposa ya no puede tener otro hijo sin poner en peligro su vida.

-No contestó mi pregunta, señor Márquez. Si tres hijos no son suficientes.

-Sí, son suficientes, Su Señoría.

-¿Y entonces?

-Nuestra gratitud al Señor debe expresarse de alguna manera. Y una manera es dar un
hogar a una niñita castigada por el infortunio desde su nacimiento.

«Me gustaría que no fuera tan retórico» pensó Irene. Pero había un fondo de sinceridad
en lo que expresaba. La verdad absoluta de la caridad en esos ojos maravillosamente azules,
como en las pinturas de San Francisco. Observó a la esposa, Gloria Samudio de Márquez.
Pequeñita, casi enana comparada con su musculoso marido. Es del tipo de esposa que
prefiere que el esposo hable, mientras ella se toma el trabajo de mirarlo con adoración -se
dijo-; ejemplar de esposa perruna -concluyó tratando de no crisparse en una sonrisa.

-Existe otra pareja que ha solicitado a la niña -dijo- y, como se trata de una pareja sin
hijos, le lleva ventaja, en lo que concierne ala ley.

-Nos someteremos a la voluntad de Dios -respondió el señor Márquez.

«Pues ocurre que el Señor me ha transferido la responsabilidad de cumplir mi voluntad,
santurrón de m...» -le respondió mentalmente Irene.

-Creo que no es necesario interrogarle sobre su situación económica -dijo la jueza,
adivinando que la respuesta iba a ser que «el Señor nos ha colmado de bienes» y acertó.
-El Señor nos ha colmado de bienes -dijo efectivamente el señor Márquez.

-Me gustaría conocer la opinión de su esposa -requirió la jueza y envió lo que quiso ser
una fría mirada a la mujercita, que sufrió un sobresalto.

(¿Por qué quieres atormentar a esa almita buena, Irene?) (Pero veamos qué dice la
pequinesa.)

Gloria Samudio de Márquez miró a su esposo como solicitando permiso, o ayuda, o un
mensaje de socorro para que él se hiciera cargo, según la costumbre.

-Mi esposa... -empezó a decir el señor Márquez.

-Se lo pregunté a ella -le cortó Irene-. ¿Señora?

-Comparto todo lo que dice mi marido -balbuceó ella.

«La palabra no es comparto, enana, es obedezco. Me pregunto si estos dos no han
encontrado la fórmula del matrimonio feliz».

De pronto se encontró con la mente en blanco. Ese hombre arrancaba del cielo todas las
respuestas adecuadas como quien arranca frutas de un árbol inagotable. La caridad tiene
una lógica de hierro, Irene -se dijo.

Dio por concluida la entrevista. Con espíritu de justicia, debería convocar también a don
Miguel y Sara, pero solamente la idea le ocasionó un escalofrío. Ya había conversado una
vez con los dos, y había sentido recorrerle el espinazo un frío como de sepultura.




Capítulo XXVI
-Anoche gemías en sueños, Sara.

-Tenía pesadillas. Soñaba que se llevaban a Aurorita.

-No es cierto, nadie se levanta cuando duerme, y menos cuando tiene pesadillas.

-Debo ser sonámbula.

-Tampoco es cierto. Te levantaste a tomar unas pastillas.

-Me las dio el médico.

-¿Para el insomnio?
-No. Es para el dolor...

-¿Qué dolor?

-¿Cómo qué dolor? El dolor es dolor y basta. Y termina tu desayuno de una vez por
todas.

Oyó que la niña lloraba en el piso de arriba y se encaminó a la escalera. Don Miguel la
contemplaba. Si existe algo que desnuda edad, achaques y fatigas, es la manera de subir
escaleras. Sara alivianaba demasiado su peso apoyándose en el pasamanos, como si las
piernas resintieran el esfuerzo. Y había otras cosas. La pérdida de la alegría. La
comunicación que perdía su amable desinhibición del principio. Ese rostro demacrado. Esas
ojeras. El desborde de amor que se manifestaba cuando atendía a Aurorita era como un
resplandor de brasa que se va convirtiendo en ceniza. En tres meses, habían ido como dos
veces por semana al médico, todos los análisis estaban hechos, pero en la última visita al
médico había convocado a dos colegas más. En ese punto, se sintió un poco herido.

-Soy el marido, y el que paga todo. Deberían darme algo de información.

Sonó el teléfono interrumpiendo sus meditaciones. Se levantó de la mesa del desayuno a
atender.

-Hola.

-Soy Raúl, don Miguel.

-Hola, hijo.

-Necesito hablar con usted, don Miguel. ¿Le sería molesto venir a mi oficina?

-En absoluto.

-Entonces le espero. Colgó y fue al dormitorio a vestirse. Sara había descendido del piso
alto con la niña en brazos. Tenía la cara encendida de contento.

-¡La oí bien!, dijo mamá.

-¡Qué me cuentas! -respondió mientras se anudaba la corbata.

-A ver, a ver, a ver -Sara urgía a la niña-, decilo de nuevo, mamá... ma-má.

La niña rió con un glu glu, pataleó y dijo algo parecido a má.

-¿La oíste? ¿La oíste?

-Sólo me pareció oír má. Y si vamos al caso, también parecía pá.
-¡Egoísta! ¿Sales? Dijiste que no ibas a salir.

-Me llamó por teléfono...

-¿Quién...?

-Este... un amigo.

(¿Por qué cierto oscuro instinto le impulsó a mentir?)

-¿Negocios?

-Sí, es un escribano.

-Maneja con cuidado. Se alejó llevando a la niña, y tratando de sacar un «mamá» de su
boquita riente. En la oficina de Raúl, fue invitado a sentarse. Tomó asiento.

-¿Un café?

-No lo tomo hace años. No ande con rodeos, Raúl. ¿Qué pasa?

-Es mamá.

-Está muy enferma, ¿verdad?

Raúl asintió, serio, el rostro endurecido.

-Su amigo el médico.

-Sí, me llamó.

-¿No debería llamarme a mí?

-Él tiene sus razones. Entre ellas, nuestra vieja amistad. Además, consideró su edad.

-Entonces son malas noticias.

-Mamá está muy enferma.

-¿Qué es muy enferma?

-Tiene seis meses de vida o nueve a lo sumo. Está minada, sin remisión posible. La
cuestión es... ¿se lo decimos?

-¡No! -negó terminante don Miguel-. Y la cuestión no es si le decimos o no, sino... ¿qué
hacemos?
-Está bien, don Miguel... ¿qué hacemos?

-Primero -dijo don Miguel con un gran suspiro- déjeme asimilar la noticia.

Se hundió aún más en el sillón, como si un peso proveniente de las alturas lo apretara
por los hombros. Cerró los puños con rebelión que sentía floja y sin sentido. De la comedia
pasamos al grotesco -se dijo- y ahora viene el drama. Solo que esto no es un escenario, sino
la vida, nuestra vida, que titila como la llama de una vela agonizante. Raúl respetó el
silencio del pobre viejo, y hasta cuando sonó el teléfono descolgó el tubo y lo dejó sobre la
mesa. Don Miguel respiró hondo.

-¿Qué hacemos? -dijo.

-Dígamelo usted, don Miguel.

-Hacerla lo más feliz posible... incluye a la niña -dijo Raúl.

-Ahí entra usted, Raúl. Usted es amigo de la jueza. Ruegue, implore. Llévela a la cama
si es necesario.

-Pero una adopción en estas circunstancias...

-No se trata de adopción, sino de tiempo. De tiempo lleno de mentiras piadosas. Poco
tiempo y muchas mentiras -rió con tristeza- me parecen una síntesis muy repetida en la vida
humana.

-Trataré de hacer algo. ¿Y usted, don Miguel?

Don Miguel sonrió con todo el peso de la tristeza del mundo en la sonrisa.

-Ya tengo experiencia en esposas agonizantes -dijo, y se marchó.

Al llegar a su casa, le salió al encuentro Sara.

-¿Buenos negocios?

-Así es.

-Debes tener cuidado. Los escribanos enredan mucho las cosas. Dame tu saco. Hum...
¿puedo pedirte algo?

-¿De qué se trata?

-¿No podríamos emplear una niñera? Últimamente me siento muy cansada. ¿Para qué
habré ido al médico? Desde que empecé a tomar ese montón de pastillas, me siento mal.
Así son los médicos. ¿Sabes? Su negocio no es curarte, sino mantenerte enfermo. Anota
eso.

-Tomo nota.

-Está listo el almuerzo. Vas a comer solo. Hasta el apetito me sacaron esas pastillas.




Capítulo XXVII
-¿Fuiste a los tribunales, Romualdo? -preguntó Dina Salcedo de Ortiz.

-Sí, estuve. Me atendió el secretario. No hay novedades -respondió el marido, y
prosiguió-. ¿No tienes la impresión de que la jueza nos tiene mala voluntad?

-¿Por qué ha de tenerla? No hacemos nada malo. Sólo queremos una niña, darle un
hogar.

-Es que yo siempre soy realista, mi hija. Y sé que hay otros dos expedientes. La jueza
estará esperando quien oferta más. Y nosotros no hemos ofertado nada.

-¡Ni se te ocurra hacer eso!

-¡Es el sistema!

-Puede ser, pero con esa señora no.

-¿Y por qué estás tan segura?

-Porque tiene cara de decente.

-¡Torpe sos! Fijate la cantidad de procesados que hay. ¡Todos tienen cara de decentes!
La cara de decente es la máscara de los delincuentes, mi hija. Te digo yo que ando
midiendo tierra de estancieros y de empresarios.

-¡Siempre fuiste un descreído, Romualdo! Yo no soy así, querido. Yo creo en la gente.

-Todavía nomás no te diste el tropezón de tu vida.

-Y vos vivís viendo malicia por todas partes. Mirá, si somos sinceros, no estás
resultando un buen padre de familia.

-¿Y qué tienen que ver mis experiencias personales con una hija?

-Hija o hijo, aprende todo de su papá.

-¡Qué bueno! ¡Aprenderá a ser viva y que no le joda nadie!

Se interrumpió porque venía de la calle su suegra, con un gran bolso del supermercado.
La madura pero aún airosa señora había oído las últimas palabras de su yerno.

-¿Quién debe aprender a ser viva? -preguntó, dejando sobre la mesa el pesado bolso.

-Se refiere a la niña, mamá -dijo Dina.

-¡Ay, me muero por ser abuela! ¿Por qué tiene que ser viva?

-Para que nadie le joda la vida, doña Anselma.

-¿No te parece que antes de ser viva, como decías, primero tiene que gozar de la
inocencia?

-Es tu punto de vista, suegra, y la respeto.

-Además es una niña. Y se supone que para su crianza tiene mamá y abuela.

-¿Y yo qué voy a hacer? -preguntó ceñudo Romualdo.

-Vas a ser papá de una niña -le respondió su esposa.

-¿Permitiendo que la conviertan en una muñequita sin energía? ¡Qué bárbaro! ¡En esta
época en que ya hay mujeres astronautas!

-En todo caso, ¡mi hija no será astronauta! -replicó su esposa, irritada.

-¡Pero tiene que ser una mujer moderna! -contraatacó el marido.

-¡Epa, epa! -intervino ña Anselma-. ¿Qué entendés vos por una mujer moderna? ¿Esas
chiquilinas de calzones flojos que salen en la tele?

Romualdo la miró fríamente.

-Usted, querida suegra, ¡revela una inconcebible falta de cultura!

-Ahora me trata de analfabeta -dijo indignada doña Anselma, asió su bolso y se
encaminó a paso digno a la cocina.

-¡Insultaste a mamá!

-¡Dije que sólo no tiene cultura! ¡Y no la tiene! ¡Que la mujer sea moderna nada tiene
que ver con los calzones! Y mi hija...

-Romualdo...

-¿Qué?
-No tenemos todavía ninguna hija.

Romualdo se echa a reír, no sin cierta crispación.

-Es cierto -dijo-, estamos vendiendo la leche sin tener la vaca. ¡Pero mirá que tarda la
jueza esa!




Capítulo XXVIII
-Tengo que hacerte un reproche, mujer -dijo José Márquez.

-¿Hice algo malo? -preguntó Gloria Samudio de Márquez, alzando los ojos hasta la
estatura del marido.

-Anoche, durante mi ausencia. Me enteré esta mañana, por mi madre, apenas llegué del
establecimiento.

-Tu madre permaneció todo el día en su cuarto, como de costumbre. Le llevé el
desayuno, el almuerzo y la cena. ¿Se quejó? Te pido perdón si estuve en falta.

-No fue con ella. Fue con los niños.

-Hicieron sus tareas escolares, se bañaron, cenaron, se cepillaron los dientes...

-¡...y vieron televisión!

-Sólo fue el noticioso, marido.

-Sea lo que sea, mujer. Ya sabes mi criterio. En ese aparato maligno habita el demonio.

-De acuerdo, de acuerdo. Pero... ¿para qué lo tenemos en casa?

-Para ver YO los noticiosos. Además, sabes que el aparato está ahí sólo por la casetera.

-Comprendo, José. No volverá a suceder.

Se preguntó a sí misma la mujer cuántas miles de veces había venido diciendo que no
volverá a suceder desde que se casó. Una rebelión que era como una semilla enferma en su
alma, que apenas sobrevivía, jamás alcanzaría el gesto ni a la palabra. Moría una y otra vez
cuando decía que «no volverá a suceder», y volvía a morir cuando se instalaba con su
marido y los tres niños frente al televisor, y el vídeo pasaba los encendidos sermones de
aquel maldito orador sagrado que amenazaba con los fuegos del infierno a quien no viviera
pendiente de Nuestro Señor Jesucristo. Ella los escuchaba y se preguntaba una y otra vez
cuándo vería un desfile de modelos, y sintiendo una enorme lástima por la cara de
animalitos asustados de los niños.

-Con respecto a la niña... -José la rescató de su ensimismamiento.

-¿Sí...?

-Esta mañana he elevado una queja al presidente de la Corte Suprema de Justicia. Contra
la señora Jueza.

-¿Queja? ¿Por qué?

-Para ella es letra muerta eso de justicia pronta y barata. Dilata innecesariamente la
cuestión, revelando con ella una absoluta falta de solidaridad y de caridad humanas,
permitiendo que la niña viva con esa pareja senil, incapaz de guiarla desde su más tierna
infancia. ¿Qué te parece?

-No sé si has hecho bien...

-Medité y oré antes de hacerlo, y Dios dijo que sí.

-Pero... marido. Puedes predisponerla contra nosotros.

-No. Será objeto de una llamada de atención de sus jefes y aprenderá a ser humilde... y
justa. Es lo que le conviene. Y no te aflijas. Esa niña vendrá acá. No se trata de la decisión
de una jueza, sino de la voluntad de Dios.

Querría saber -se dijo Gloria- cuándo y cómo su austero esposo se comunicaba con
Dios, y de qué modo Dios le revelaba SU voluntad. Pero, en ese orden de cosas, su palabra
era ley. Esa niña vendrá acá, había dicho. ¿Quería tener ella a la niña?

-Dios mío, no -dijo para sí-, y bien sabes, Dios, que no es por falta de amor en mi
corazón. Es por amor que no quiero tenerla, porque estará condenada a no tener infancia,
como mis hijos. Pero sea tu voluntad, Señor.




Capítulo XXIX
Era la misma confitería, la misma mesa y también el mismo mozo, pero el día era
lluvioso y gris.

-¿Qué es eso tan importante que tienes que decirme, Raúl? -preguntó la jueza.

-Se trata de mi madre, y, por favor, no me prohíbas hablar del expediente, porque no se
trata del expediente, sino de mi madre.
-No sé por qué, pero advierto mucha tristeza cuando te refieres a ella.

-Amo mucho a mi mamá. Soy hijo natural, no fue una santa como mujer, pero fue una
santa como madre. Trabajó mucho por mí y para mí. Sus padres no le dejaron de herencia
más que una gran casa. La vendió, con el dinero hizo usura, compraba joyas en Luque y las
llevaba de contrabando a Buenos Aires, también lo hacía con ñandutíes cosidos a su faja,
como cosidos a su faja habían racimos de anillos de siete ramales, zarcillos de orfebrería,
collares de cuentas de oro. Una vez, en Corrientes hicieron desembarcar a todo el pasaje del
barco de la carrera que venía de Asunción. Una mujer aduanera la llevó a una pieza y la
desnudó. Pobrecita, con su faja cargada de joyas, parecía un árbol de Navidad. Perdió todo,
y estuvo en la penitenciaría un año. Sólo le quedó dinero para comprar la casita donde vivió
siempre, y siguió trabajando con lo poco que le quedó. Con sudor y sacrificios me financió
la carrera.

-¿Por qué me cuentas todo eso?

-Porque va a morir.

-¡Dios mío!

-En nueve meses, con suerte.

-Siento por vos una inmensa pena, Raúl.

Raúl no pudo evitar que una lágrima enrojeciera sus ojos. Al ver las lágrimas del
hombre, el rostro de Irene se demudó, contagiada por aquel dolor anticipado.

-Fue siempre así, como es ahora, atolondrada e imprevisible, pero conservó su corazón
de oro, su generosidad sin límites. No es una vieja local. Fue siempre así. Lo que deseaba lo
lograba. Pensaba que el mundo no tiene derecho a negarle nada, porque nunca hizo mal a
nadie. Lo de la niña responde a ese carácter suyo. Perdón... ¿me permites ir al baño un
momento?

-Claro.

-Permiso.

Raúl se fue a los sanitarios. «Va a llorar» pensó enternecida Irene. Pobre, mi pobre Raúl,
hijo natural de una mujer heroica, de una mujer mujer. Fornicadora y madre,
fundamentalmente madre. Quiso saber si su marido reaccionaría así cuando le comunicaron
que su madre se moría. Descartó la idea. «A lo mejor lo que siente es alivio», se dijo.

Raúl volvió con los ojos enrojecidos. «Lloró» -se dijo. Raúl se sentó de nuevo. Rió con
esa risa falsa de quien ríe teniendo pena en el corazón.

-¿Sabes lo que me dijo el marido de mamá? Que te suplique, que te implore. Que te
seduzca, que te lleve a la cama si es necesario.
-¿Para qué...? Si la adopción en estas condiciones...

-Ya no se trata de una adopción, Irene. La adopción es un acto fundamentalmente de
vida, como un nuevo nacimiento para el ser humano. Se trata de una predestinación de
muerte. De una agonía que merece ser dulce, si el dolor lo permite.

-Raúl, este ambiente me deprime. Hablamos de cosas tristes en medio de este ambiente
donde la gente sólo piensa en sí misma. ¿Podemos ir a otro sitio?

-En cualquier sitio voy a estar sufriendo lo mismo. Lo curioso es que no sé si tengo
lástima de mamá, o lástima de mí mismo.

-En cualquier caso, necesitamos soledad. Los dos. Lo tuyo me toca en algo. Es por la
mamá de mi marido, una viejecita dulce que podría vivir con nosotros. Pero está en un asilo
de lujo, y es una de las cosas que abre una brecha entre... pero no, no te hablaré de eso.
Pensarás que estoy tratando de seducirte yo -concluyó y rió-. Vamos a alguna parte, Raúl.

Salieron y abordaron el Toyota de Raúl, que enfiló hacia la calle España, dobló a la
derecha y se dirigió rumbo a la autopista. Irene encendió la radio en FM. Un cantor con
acento portugués susurraba «El día que me quieras». Irene sintió que un calor subía a sus
mejillas. En alguna noche perdida en el recuerdo, Raúl le había llevado una serenata, y el
cantor decía la misma canción, bajo su ventana. Miró a Raúl. Aquel entrecerrar de sus ojos
indicaba que también recordaba. Dentro del automóvil, el clima se volvió dulzura e
intimidad. Raúl soltó del volante la mano derecha, y aferró con ternura la suya. Ella apretó
contra su regazo aquella mano fuerte y dura.

Tomaron por el tramo ciudadano de la Transchaco. Y doblaron hacia el puente. Antes de
llegar, giraron a la izquierda por un camino empedrado.

-¿A dónde vamos, Raúl?

-Al cumplimiento de uno de mis sueños.

-¡Raúl!

-No pienses mal. El sueño era una casita que mirara al río. Raras veces vengo. Mirar el
río no le gusta a mi esposa, y tiene terror de que sus hijos se ahoguen.

-Así pasa con los sueños. Los realizamos y no resulta lo que parecían en sueños.

-¿Experiencia?

-Tal vez.

Llegaron a la casita. Raúl tuvo dificultades con la llave enmohecida, pero la puerta se
abrió al fin. Entraron y Raúl abrió las ventanas. No entraba luz, sino el gris del día, que dejó
de ser hostil para ser una penumbra tentadora. Sentados en el diván, divagaban
desconcertados, superados por una situación que veían venir, y la esperaban y temían. Raúl
pasó las manos sobre la espalda de Irene.

-No hagas eso, Raúl -su voz era temblorosa.

Raúl corrió el largo cierre desde la nuca a la cintura y paseó sus manos por la piel
desnuda.

-¡Raúl... por favor! -suplicaba Irene, pero permitió que las manos de Raúl le deslizaran
el vestido por los hombros.




Capítulo XXX
-No puedo levantarme, Miguel. Me duele horriblemente todo el cuerpo. Debo haber
pescado el dengue.

-No hagas ningún esfuerzo para levantarte. Voy a llamar al médico.

-¡No digas disparates! Voy a prepararme una limonada caliente y la tomaré con una
aspirina.

-¡Sara...! ¡Te quedas en la cama!

-A su orden, mi sargento. ¿Aurorita...?

-La niñera ya se ocupó de ella. Es una chica muy eficiente. Y no me digas más sargento,
fui teniente en la guerra del Chaco.

-¿Mataste algún boliviano?

-No sé. Cerraba los ojos cuando disparaba. Voy a llamar al médico.

-¡Miguel!

-¿Qué?

-¡Sos un amor!

-Ya lo sé. ¡Soy un amor!

Y fue a llamar por teléfono al médico, con quien habló brevemente. El otro hablaba y él
se limitaba a contestar con una incalculable serie de síes. Colgó el teléfono.
-Te esperan días bravos, Miguel -se dijo-; este mediquito no puede ser más claro. Sufrirá
muchos dolores, trataremos de aliviarla en lo posible -había dicho- y que echaremos mano a
toda la cantidad de morfina que se necesite, es todo lo que podemos hacer, ya se lo dije al
hijo. Estaré allí dentro de una hora.

Volvió al dormitorio.

-El médico vendrá dentro de una hora, te pondrá una inyección.

-¡No! Le tengo horror a las inyecciones. Ya verás cómo le convenzo al médico de que
me dé solamente pastillas.

-Puedes hacer la prueba.

-¡Miguel!

-¿Qué?

-Le dije lo mismo a Raúl. Que esa jueza antipática no se entere de que estoy enferma.
Por ahí cree que es algo serio. Ah, y que la niñera no me traiga a Aurorita. Le puedo
contagiar el dengue.

-No lo creo. Para que ella se contagie, le tiene que picar el mismo mosquito que te picó a
vos, y eso es estadística poco probable.

-Entonces... ¿puedo tener conmigo a Aurorita?

-Pienso que sí.

-Entonces, ¿le dices a Nimia que me la traiga? -Su rostro se iluminó.

-Eso haré ahora mismo.

-¡Rápido!

-Sí, mi sargenta.

Ella rió entre una y otra crispación, y donde Miguel fue a dar instrucciones a la niñera.

Cuando el médico, muy joven y muy calvo llegó, ordenó que se llevaran a la niña.

-Me basta con una mimada en la cama -dijo en tono de chanza, y volviéndose a Sara-:
¿Qué le duele a mi hermosa paciente hoy?

-Me duele todo. Y no soy hermosa.
-Para mí que esta dama es perezosa y está fingiendo para quedarse en cama -le dijo el
médico a don Miguel mientras preparaba con eficiencia una inyección con una jeringa
desechable que sacara del maletín.

-No es cierto, me duele todo. Es dengue, doctor. ¿O me va a negar que es dengue?

-¡Maravilloso! -respondió el médico-, acertó el diagnóstico, señora. Usted debió estudiar
medicina.

-Yo curaba a Raúl sin necesidad de llevarle al médico. ¿Duele mucho eso?

-Un poquito -respondió el médico, observando a trasluz la jeringa-. A ver... -murmuró el
médico apartando las cobijas.

-¿Tiene que ser en el trasero?

-Le aseguro que no miraré nada que no deba mirar.

-Eso dicen ustedes los médicos. Abusivos. ¡Ay!

-Quieta, quieta, que ya está. Si le da un poco de sueño, no resista, duerma.

-Dormir de día. ¡Jamás!

-Está bien. No duerma. Pero nada de levantarse.

En la sala, el médico se despedía de don Miguel.

-Doctor, con respecto a sus honorarios...

-No hay honorarios. Soy amigo de Raúl.

-Entonces gracias.

-Tiene que prepararse a pasar días duros, señor. Y llegará el momento en que debemos
internarla.

-Usted dirá cuándo.

-Está bien. Otra cosa. Mientras esté en casa necesitará una enfermera eficiente. Le
enviaré una. Conoce de estos casos y tendrá sus instrucciones precisas. No trate de
manejarla usted. Ella sabrá en qué momento socorrerla con una inyección.

Escribió en su recetario.

-Compre una caja de estas ampollas. El resto deje por cuenta de la enfermera y yo la
visitaré con frecuencia.
-Es usted eficiente, doctor.

-Simplemente soy el buen amigo de un buen amigo.

Se marchaba el médico cuando Nimia apareció con la niña en brazos.

-¿La llevo de nuevo a la señora? -preguntó a don Miguel y don Miguel miró al médico
pidiendo opinión.

-Puede -dijo el médico- es más, DEBE estar con ella el mayor tiempo posible -dirigió la
vista a don Miguel-, el cariño es también terapéutico.




Capítulo XXXI
Raúl pidió un Campari con limón y agua mineral con gas. Don Miguel un vermouth e
Irene una copa de vino blanco, dulce.

No era la misma confitería ni la misma mesa ni el mismo mozo. Era el oscuro rincón de
un restaurant a las cinco de la tarde, desierto a esa hora.

-Esto que estoy haciendo -dijo la jueza en tono solemne- es algo irregular... -se sonrojó
al mirar a Raúl.

Estuvieron en la cama -le dictó su vieja experiencia a don Miguel, pero conservó el
rostro inexpresivo.

-Lo sé, doctora. Y le agradecemos mucho.

-La cuestión de la adopción fue descartada desde el principio -continuó la jueza-. Podría
ir postergándola hasta... -vaciló.

-Hasta que mamá muera -completó Raúl con voz neutra.

-Así es -confirmó Irene.

-Ésa era la idea, también bastante irregular desde el punto de vista legal y jurídico, hasta
el punto de que esta mañana recibí una reprimenda del presidente de la Corte.

-Lo siento... -empezó a decir Raúl.

-Déjame terminar -le cortó la jueza-. Hay dos matrimonios interesados, y con iguales
posibilidades. La cuestión que me plantea un caso de conciencia es cuál de los matrimonios
sera suficientemente solidario como para...
-Recibirla en adopción, y esperar a que mi madre fallezca, o esté en condiciones de que
ya no pueda tener conciencia de que la niña se le va...

-Yo hablaría con uno de los matrimonios -dijo don Miguel apelando a su caridad.

-Y yo con el otro, haciendo lo mismo.

-No harán nada de eso. Van a involucrar a un juez en un acuerdo extrajudicial.

-Así como lo dice suena tremendo -opinó don Miguel.

-Es tremendo para mi carrera, señor.

-Entonces... ¿a qué se reduce la cuestión?

-Diré mi opinión -dijo la jueza-. Debemos recurrir al instinto, a nuestro conocimiento de
la naturaleza humana. Y determinar cuál de los padres adoptivos consentirá en esperar lo...
en esperar para llevarse al bebé. O seré más clara. Cuál de los dos matrimonios esperará
DESPUÉS de que yo haya decidido la tenencia del bebé a favor de él, para llevarse al bebé.

-Yo los conozco apenas de vista -dijo Raúl.

-Yo he dialogado con los dos. Y tengo una idea de cómo son. Pero antes repito que he
recibido una reprimenda. Ya no puedo esperar en mi decisión.

-¿Qué opinión te merecen? -preguntó Raúl.

Irene rió. Estaba entrando en el conflicto de averiguar qué padres le convenía más a la
beba, que bien podrían no ser qué padres le convenían más a la anciana.

-¿Puedo hacer un resumen? -preguntó-, porque se trata de saber en qué hogar está
instalada la solidaridad que necesita tu madre, Raúl. Tengo el matrimonio de José Márquez
y Gloria Samudio de Márquez. El hombre se muestra extremadamente religioso, muy
creyente.

-Eso facilita las cosas -dijo Raúl.

-No tanto -respondió don Miguel-, ser muy religioso o muy creyente no significa
caritativo. Existe en el ejercicio formal de la fe un elemento superficial que...

-¿Me deja continuar? -requirió impaciente Irene.

-Perdón -dijo don Miguel.

-El hombre es muy creyente, pero para mi gusto muy dominante. Tiene una esposa que
parece su sombra. Esa postura de la mujer suele ser consecuencia de un esposo demasiado
rígido según creo.
-¿Adónde quieres llegar, Irene?

-Que los hombres muy rígidos se guían por principios, pero no por sentimientos.

-Pero si es creyente -opinó don Miguel- la caridad es un principio.

-Desiento -replicó Raúl-. La caridad es independencia del sentimiento religioso.
Conozco filántropos que son ateos. No se puede suponer que un hombre, sólo por ser un
beato, perdón, un creyente, sea caritativo.

-Además... está la esposa -agregó Irene.

-Tienes la idea fija de la esposa -dijo Raúl.

-No termino de convencerme de que sea una mujer feliz.

-...y si no hace la felicidad de la esposa... ¿cómo irá a hacer la felicidad de una extraña? -
concluyó don Miguel.

-Se trata de una extraña moribunda -expresó Raúl-. ¿No introduce eso un elemento que
empuja a la caridad?

-Un creyente un poquito fanático se inclina a creer que la muerte es la voluntad del
Creador, y que ningún ser humano debe interferir en el proceso... y menos con una mentira
-opinó Irene.

-¿Y el otro matrimonio? -inquirió don Miguel.

-Romualdo Ortiz y Dina Salcedo de Ortiz. Un matrimonio corriente, vulgar si se quiere.
Burgueses acomodados en cierto sentido. Ella tiene una cultura mediana, él es agrimensor.
Debe ser un hombre traumado -dijo Irene.

-¿Traumado, Irene?

-Es estéril. Ustedes son hombres. ¿Cómo incide la esterilidad en la personalidad de un
hombre joven?

-¿Puedo opinar? -preguntó don Miguel.

-Adelante, señor.

-Depende del hombre, doctora. Algunos tienen una exagerada opinión de la
masculinidad, y la esterilidad es una mengua, una vergüenza. Ocurre que síquicamente,
cuando un hombre posee a una mujer y sabe que no la fecundará, su satisfacción tiene un
sedimento de fracaso. De ahí puede venir un sentimiento de frustración que cierre el paso a
la generosidad.
-Valiosa lección, don Miguel -lo halagó Irene.

-Quisiera decir algo al respecto -dijo Raúl-. Consideremos que el hombre machista
resiente como algo humillante la esterilidad, y hasta lo emparenta con la impotencia,
haciendo aún más amargo su cáliz. Caramba, qué lenguaje literario estoy usando.

-Sigue, sigue -urgió Irene.

-La palabra es «asumido» -dijo Raúl-. Un homosexual asumido, es decir, que practica
su... debilidad sin vergüenza no es un hombre traumado. Este hombre... ¿cómo se llama?

-Romualdo Ortiz -aclaró Irene.

-Romualdo Ortiz bien puede ser un estéril asumido, es decir, convive con su desgracia, y
por lo que veo, no se avergüenza.

-¿Cómo por lo que ves?

-Quiere un hijo. Confesó algo que podía haber ocultado: que es estéril. O podía haber
conseguido un certificado de esterilidad de la mujer con un médico amigo. Tuvo la
decencia de decir la verdad. Me parece un punto a favor.

-Yo tengo un punto en contra -dijo Irene.

-¿Cuál, Irene?

-Es terriblemente feo.

-¿Y eso qué tiene ver?

-Veamos, la fealdad en sí misma no es indicadora de un alma egoísta, claro. Pero no
concibo que su esposa se haya enamorado de él, con su frente estrecha, su nariz enorme, y
la manzana de Adán que sube y baja. Entonces, allí presumo que hay un matrimonio sin
amor. Y si no hay amor... ¿cómo va a haber caridad?

-Si me permiten -intervino don Miguel-, a lo largo de la historia, los más grandes
rompecorazones, empezando por Casanova, que no fue el Casanova que nos muestra la
televisión, fueron hombres bastante feos. Si la doctora me admite un juicio de hombre
viejo, le puedo asegurar que a la mujer la belleza masculina produce atracción sexual, que
bien puede convertirse en amor. Pero hay mujeres que amaron a hombres feos, tomando un
atajo para eludir su fealdad.

-¿Y cómo es la mujer, Dina no sé cuántos, Irene?

-Trabaja, y me da la impresión de ser una luchadora que pelea por lo que quiere. No es
de las que ganan su pan diario, sino lo conquistan...
-Caramba -opinó don Miguel-, los luchadores miran tanto por sí mismos que no les
importa los demás. No comparten lo que conquistan.

-Punto en contra -dijo Raúl.

-Pienso que estamos generalizando mucho. Una luchadora también puede ser generosa.
Egoísmo o altruismo, me parece una cuestión más allá del hecho de que se luche o no. Pero
pienso que... corremos menos riesgo con el creyente. Hay más afirmación de conducta en
un hombre así. Y, por favor, demos por terminado este sicodrama improvisado. No me
presiones más, Raúl. No soy muy religiosa, pero creo que esta noche rezaré a Dios para que
me inspire.

El primero en despedirse fue don Miguel.

Raúl acompañó a Irene hasta la calle.

-¿Damos un paseo, Irene?

-Decime, Raúl, aquello que pasó... ¿fue para cautivar mi buena voluntad?

-Bien sabes que no. Ya no la necesitaba teniendo en cuenta la situación de mi madre.
Fue porque te necesitaba a vos.

-Me alegra lo que me dices. Yo también te necesitaba.

-¿Damos un paseo, entonces?

-No. Nunca más.




Capítulo XXXII
-Los he llamado para comunicarles que he firmado la adopción de la niña Aurora, de 10
meses de edad, sin apellido, huérfana de madre y de padre desconocido, con la convicción
de que le brindarán todo el cariño que su inocencia merece, que la educarán y cuidarán y le
brindarán todo el amor que sean capaces de dar, como si fuera sangre de vuestra propia
sangre.

-Gracias, señora, así lo haremos. Y que Dios la bendiga.

-El caballero aquí presente, desea hablar con ustedes. Dejo aclarado que toda
conversación, arreglo o lo que fuere, es de total desconocimiento de este juzgado.

-Sí, señora -dijo el marido, mirando un poco extrañado a Raúl.
-Como es cerca de mediodía, me retiro, pueden usar mi oficina.

Cuando ella se iba, Raúl le susurró un «gracias, Irene». La esposa parecía demudada, y
el marido no dejaba de tragar, subiendo y bajando su enorme nuez de Adán.

-Mamá, la niña ya es tuya. Felicitaciones, mamá, ganaste.

Increíblemente flaca, los ojos apagados de Sara brillaron con un resplandor nuevo y
triunfal.

-¿Me la dieron?

-Es tuya, mamá.

-¿Y los documentos?

-Están a la firma del secretario, que va a legalizarlos.

-Aurora... mi Aurora, mi Aurorita. Jesús mío, qué bondadoso eres. Raúl, no te vayas,
acércate, hijo. Tengo algo que contarte. Acércate más, que no oiga Miguel.

Raúl se arrodilló cerca de la cama de su madre y le ofreció el oído.

-Me estoy muriendo, Raúl.

-Disparates, mamá. Te vas a reponer y...

-Me estoy muriendo, Raúl. Por favor, que no lo sepa Miguel. Ha envejecido tanto de
repente -rió-, ya no se atreve a manejar el Buick.

-Mamá -la voz se le quebró-, no te estás muriendo. Estás deprimida por la enfermedad.
Pronto te vas a restablecer y estaremos todos felices, mamá.

-Nunca supiste mentir, hijo.

Raúl ya no pudo más y lloró. Como un niño. Como un hijo de cualquier edad. Sara le
acariciaba la cabeza, consolándole.

-Raúl, supongo que cuando me vaya te llevarás a la niña -sonrió-; mis nietos tendrán que
cuidar de la tía Aurora.

-Sí, mamá. Eso haré.

-Y ahora decile a Nimia que me la traiga. Quiero tenerla a mi lado. Y... que no lo sepa
Miguel.

* * *
-Doctor... ¿está consciente?

-Sí, pero con muchos dolores. Hemos doblado las dosis de calmantes.

-Quiero verla, doctor.

-Es lo justo, señor. Quizás no la encuentre muy lúcida. Se nos va en cualquier momento.
Pase, don Miguel.

Entró don Miguel a la habitación del sanatorio que olía a agonía y desesperanza. Se
sentó en el borde de la cama, y tomó aquel esqueleto de mano que quedaba de una mano
regordeta y rosada. Sara abrió los ojos, Algo de la vieja malicia se abrió paso en un túnel de
dolor y asomó a la mirada.

-Sara...

-¿Es usted el caballero que me limpió de caca mis zapatos en el cementerio?

-El mismo, Sara.

-¿Qué pasó después?

-Nos casamos y tenemos una nena, Sara.

-Va a ser difícil criarla, a nuestra edad.

-No importa. Mientras nos ocupemos de ella, seremos jóvenes, Sara.

-Tengo sueño, Miguel.

-Duerme, Sara.

-Estoy cansada, Miguel.

-Descansa, Sara.

-No manejes el Buick, Miguel.

-Lo guardaré.

-Tengo sueño.

-Duerme, mi amor.

Sara cerró los ojos, y se durmió.
Para siempre.




Epílogo
Empezaba la noche en un día luminoso de setiembre. Abrigado con una bata, don
Miguel, en su sillón de mimbre, estaba sentado frente a la ventana abierta, aspirando el
perfume de los guayabos caídos de maduro. Lenin ronroneaba sobre sus rodillas.

-Pues bien, niña -susurró el anciano-, quisiera que me veas ahora, contemplando la
noche próxima con un gato en mis rodillas. Marcelina ha muerto, los pisos de arriba están
cerrados y la máquina de coser ya no rumorea. He vuelto al principio para encontrar el fin.
Afuera está el naranjo con sus frutos enanos y enfermos, y la guayaba y el aguaí que está
soltando su legión de murciélagos. De la morera cuelgan crisálidas nuevas y la vista no me
alcanza para distinguir los tréboles de cuatro hojas. Ya no son para mí, porque pertenecen a
la vida. Tenías razón, niña. Ya puedes caminar tranquila por las calles y avenidas. También
el Buick se está muriendo de viejo.

Aguzó la vista. Un resplandor celeste empezaba a crecer a la sombra del limonero
cargado de frutos. Y el resplandor se convertía en una forma humana, inmaterial, sedosa,
como fabricada con tiempo mezclado de añoranzas. ¿Es una túnica? ¿Una mortaja acaso?
¡Me está llamando! Dios mío. ¡Qué paz! Sí, lo oigo, ángeles cantando aleluyas. Me llama,
niña. Sí. Sí. Voy. ¿Pero quién es? ¿Qué es esa cosa que resume todo el amor y todo el dolor
de ochenta y dos años de vida? ¿Quién es? ¿Cristina? ¿Sara? Sí, voy, déjame ir, Lenin.

Salió al jardín. Y caminó hacia el limonero, donde le esperaba Cristina, o Sara.

* * *
-Dios mío, qué feo edificio -dijo la muchacha contemplando aquel cuadrado y utilitario
monoblock-; parece una enorme sepultura.

-Quizás lo sea -dijo el muchacho, acariciando la cabeza de aquel viejo perro que
meneaba la cola, como implorando un amigo.
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Prof. Maria Angelica Armoa